Archivos de septiembre, 2011

Los costos de la crisis del euro

Por César Mayoral | Para LA NACION
Estamos asistiendo a uno de los momentos históricos que la humanidad transita de vez en cuando; un “recodo de la historia”, diría Ortega y Gasset. El euro -la moneda única de 17 estados europeos y abierta a los otros diez que componen la Unión Europea, que fue creada para integrar, consolidar y promover un ente supranacional que superase al Estado nación en muchas de sus responsabilidades- está atravesando su más grave crisis desde su puesta en ejecución y corre el riesgo de deshacerse poniendo en peligro la economía mundial

Las recetas económicas ortodoxas que se prueban una y otra vez son rechazadas por el mercado y, por lo tanto, no logran paliar la crisis financiera griega (como ha ocurrido en casos similares). La dureza con los deudores lleva a que las deudas no se paguen o a que, al condenarlos a que paguen, no puedan crecer.

El resultado lo conocemos. Grecia terminará en la quiebra (el default, para decirlo en términos más elegantes), y de allí en más, si finalmente ocurre lo que todos piensan pero no dicen, los países que componen los Pigsi (Portugal, Irlanda, España e Italia) deberán sacar boleto para ver a quién y cuándo le va a tocar transitar por el mismo camino. Por su parte, a los más poderosos les tocará la difícil tarea de tener que elegir entre reducir el espacio geográfico donde rige la moneda común o eliminarla. Dilema terrible.

Es decir, estamos asistiendo al fracaso del proyecto de integración más importante que se haya puesto en marcha en Europa (y en el mundo). Eso no es bueno ni para la Argentina en particular, ni para el Mercosur, ni para América del Sur, ni para el mundo en su conjunto.

La creación del euro fue un largo proceso que, impulsado por los jefes de estado de Francia (Mitterrand) y Alemania (Helmut Kohl) y luego de varias marchas y contramarchas, finalizó en el Tratado de Maastricht, que dio lugar a “la Europa de los ciudadanos”. Más tarde se pasó a la redacción de una Constitución europea impulsada por el Tratado de Lisboa. Todo ello parecía constituir una base de piedras sólidas del edificio común. Se llegaba, luego de 50 años, a puerto seguro: la Europa unida, con una sola moneda y con un representante para Asuntos Exteriores, saldando así uno de los grandes déficits de la Unión Europea en su relación con los otros actores importantes del poder mundial, Estados Unidos y China, entre otros. Comenzaba la era del mundo multipolar, que abría el camino al multilateralismo en las relaciones internacionales y otorgaba a los otros actores emergentes -como la Argentina- un mayor margen de maniobra y de libertad para moverse en la escena internacional; quedaba atrás el hegemonismo de la década del 90.

Pero, la realidad -que, como expresara Platón, es mucho más compleja que el mundo de las ideas- introdujo su cuota de realismo egoísta. Al sentirse los ciudadanos de Europa ricos, fuertes, exitosos y seguros de su futuro comenzaron a gastar y malgastar todo lo que tenían, el consumo se convirtió en el deporte nacional de muchos ciudadanos europeos, sobre todo en los del Sur, y comenzaron a aparecer los abultados déficits presupuestarios, las deudas enormes, las burbujas inmobiliarias, las grandes deudas; en fin, cosas que los argentinos conocemos bien.

Ahora la “solidaridad” de los países más grandes comenzó a ser reemplazada por la necesidad de cobrar sus deudas. Volviendo a la ética protestante -que postula que las conductas que se alejan de la austeridad y caen en el despilfarro deben ser castigadas-, se enviaron a aquellos países que se encontraban y se encuentran en dificultades mensajes duros que obligaron a fuertes ajustes en sus economías. Así llegamos a las vísperas de la tragedia griega, que formará parte de su antigua y formidable mitología.

Sin embargo, el proyecto de conformar la Unión Europea no debe ser descartado todavía. Pese a todo, se debe ser optimista en el largo plazo. Creemos que los dirigentes europeos no olvidarán los terribles momentos históricos que atravesaron sus países y sus ciudadanos antes de diseñado ese proyecto utópico supranacional ambicioso basado en la democracia, el respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales, que constituyó un ejemplo de paz y de consenso para todos

El mundo y los latinoamericanos especialmente necesitamos de una Europa fuerte y unida, que siga constituyendo un actor global que haga de contrapeso a los otros poderes internacionales para que, desde la unidad latinoamericana, con nuestras costumbres, tradiciones y cultura (muchas de ellas heredadas, precisamente de Europa) podamos construir un espacio político mayor que nos permita convertirnos también en una voz democrática en el marco global, una voz propia y llena de vida frente a un mundo desarrollado en crisis y falto de optimismo.

Por eso deseamos que la crisis del euro, que tendrá consecuencias negativas para la Unión Europea y que dejará, lamentablemente, un tendal de perdedores y de marginados, sea solamente un episodio triste y pasajero dentro de un proceso que llegue a concretar finalmente los objetivos que se propusieran los visionarios De Gaulle, Adenauer y De Gásperi: una Europa unida.

© La Nacion

El autor fue embajador en China

Sin mapas y sin brújulas

Por Juan Gabriel Tokatlian | Para LA NACION
Muy pocas veces la política exterior ha sido tema de debate en nuestras campañas presidenciales. Sin embargo, son múltiples las aseveraciones y proclamas que dirigentes políticos y empresariales vienen realizando en torno a la política internacional de la Argentina y su inserción en el mundo. Si se observa el conjunto de pronunciamientos que desde 2007 han venido haciendo varias voces críticas del Gobierno, vemos una serie de constantes. Las expresiones que se citan con más frecuencia muestran, por lo general, desconocimiento, improvisación y ligereza.

A mi entender, son dos las notas sobresalientes de la política exterior del país. Por un lado, una condición de largo plazo: la declinación; por el otro, una de corto plazo: la ausencia de estrategia. En distintas épocas y por diferentes razones varios países han experimentado la declinación y son pocos los que han sabido reaccionar a tiempo y reiniciar el exigente camino de reconstruir poder y recuperar influencia. Una condición indispensable para esto último es reconocer el traumático proceso de decadencia; en la Argentina, esto es infrecuente.

Dos vías han prevalecido en la negación del prolongado declinar del país. En un extremo se ubican los narcisistas, para quienes la Argentina ha tenido, tiene y tendrá un destino de esplendor. Una frase del reputado intelectual y diplomático brasileño Helio Jaguaribe, “la Argentina está condenada al éxito”, se repite con frecuencia. Posiblemente, el ex presidente Eduardo Duhalde sea la persona que más la reitera. Otros dirigentes afirman que en un lustro, o a lo sumo en una década, el país volverá al sendero de grandeza del que nunca debió alejarse. Este discurso de grandiosidad latente o natural está emparentado con los dos mandatos del presidente Carlos Menem, en los que se prometió un ingreso raudo al “Primer Mundo”. La crisis de 2001-02 hizo añicos ese sueño majestuoso, pero no lo sepultó, ya que ha retornado, de la mano de la soja, en los últimos tres años.

En el otro extremo están los melancólicos que se lamentan porque “ya no somos lo que alguna vez fuimos”. Para ellos, el camino es imitar a otros; adoptar sus logros o posturas. Así, en los últimos cuatro años se ha tratado de imitar a España, Irlanda y Chile. España, por su nivel de modernización económica y por el famoso Pacto de la Moncloa. La base económica de España sigue descansando en los servicios y el turismo; en tanto, su lúcido acuerdo político de 1977 fue, de hecho, consecuencia de la feroz guerra civil y la brutal dictadura posterior. El perfil productivo argentino ha sido y es bien diferente del español, y el país de hoy, con todas sus urgencias y falencias, nada tiene que ver con el contexto que antecedió al pacto español.

A su turno, Irlanda era el prototipo a emular en términos de superación de la pobreza, apertura económica, desregulación financiera y especialización tecnológica. Varios políticos y empresarios reclamaron, en su momento, imitar el “milagro irlandés”. El fenomenal colapso económico-financiero de Irlanda -que trajo memorias del 2001-02 argentino- ha silenciado a las voces que hablaban de las virtudes irlandesas. Chile, asimismo, fue presentado como el emblema del fin de las controversias ideológicas -ya no habría diferencias entre la izquierda moderada y la derecha post-Pinochet- y del éxito social pleno de la ortodoxia económica. Posiblemente Mauricio Macri haya sido el dirigente que más ha alabado el “modelo chileno”, en el entendido de que una franja importante de políticos, empresarios y comentaristas han subrayado por años la relevancia de adaptar las “buenas prácticas” del país vecino a la vida institucional y material argentina. Sin embargo, los últimos eventos en Chile muestran, como es usual en toda sociedad que tiene en su seno genuinos disensos, que padece de fuertes desigualdades y que tiene partidos de diversa orientación ideológica; también, que pugnas de diverso tipo continúan vigentes y que la panacea del consenso perfecto no existe. Al menos en el último año se ha reducido la visibilidad pública de los que venían idealizando la experiencia chilena.

En tanto se continúe negando nuestro declive de largo plazo, será difícil rediseñar la política exterior. De algún modo, el país ha mostrado signos de recuperación en distintos frentes que sugieren que se ha puesto freno a una decadencia de larga data. Sin embargo, aún no se ha forjado un acuerdo básico sobre el horizonte de la inserción internacional del país.

La segunda nota sobresaliente de la política exterior argentina es, como se dijo, una condición de corto plazo: la falta de una estrategia integral. En ese sentido, también las voces de la oposición yerran. En vez de estimular un debate más sofisticado y plural respecto de la necesidad de una estrategia internacional, insisten en el poco persuasivo argumento del aislamiento. Es probable que el país no sea un importante receptor de capitales de corto plazo y grandes fondos de inversión. Pero esto no es negativo en las circunstancias actuales del casino financiero global. Es evidente que el país requiere más inversión realmente productiva, pero esto no se materializará hasta que los argentinos decidan reinvertir, al menos en parte, los cuantiosos recursos transferidos al exterior, más allá de los buenos o malos precios de las materias primas y del “viento de cola” o el “vendaval de frente” que viva el país. Es factible que en el terreno de las formas la diplomacia reciente haya sido desacertada. Sin embargo, en términos estrictamente políticos, es incorrecto afirmar que el país está aislado.

En 2003, la Argentina tenía malas relaciones con Uruguay y Chile y hoy estableció, entre otras, una fuerza militar combinada con Chile para misiones bajo mandato de la ONU y mejoró los vínculos de diverso tipo con Montevideo. El país ha logrado equilibrar sus relaciones con el arco andino. Pasó de lazos concentrados en Bolivia, Ecuador y Venezuela a una estructura más balanceada, fortaleciendo los vínculos con Colombia y Perú. Hoy se manejan con más prudencia y firmeza los acuerdos y desacuerdos con Brasil.

La Argentina es uno de los 41 países (entre los 191 con asiento en la ONU) que por su manejo del tema nuclear fueron invitados en 2010 al cónclave sobre seguridad nuclear convocado por el presidente Barack Obama. La Argentina lideró el año pasado, a través de la Secretaría de la Unasur, la resolución de una muy grave crisis entre Colombia y Venezuela, y hoy preside el G-77 más China en el marco de las Naciones Unidas. Es parte activa del G-20 en el terreno económico, del G-15 en materia de cooperación Sur-Sur y del Focalae (Foro de Cooperación de América Latina-Asia del Este). Es uno de los mayores contribuyentes mundiales de efectivos para misiones de paz y tiene un rol reconocido en el ámbito de los derechos humanos en los foros mundial, hemisférico y regional. Ha establecido un mecanismo novedoso y eficaz de cooperación en el tema del terrorismo y respecto de la situación en la Triple Frontera denominado 3 (Argentina, Brasil y Paraguay) más 1 (Estados Unidos), y diversificó en la última década sus exportaciones tradicionales y no tradicionales, con particular énfasis en Asia. Finalmente, el país ha visto avances meritorios, y sin antagonismo hacia otros países, en el plano nuclear, satelital y espacial. En síntesis, la orientación y el estilo de la política exterior pueden ser objeto de críticas, pero aseverar que el país está aislado es incorrecto.

Lo anterior no impide señalar un vacío serio de nuestra política exterior, adjudicable al Gobierno más que a la oposición: el rechazo sistemático al robustecimiento institucional, componente esencial de una diplomacia con un horizonte amplio. Además, prevalece la convicción de que el enunciado de consignas implica una mirada estratégica.

Respecto de China, por ejemplo, en buena parte de los actores gubernamentales predomina una perspectiva entre inocente y optimista: Pekín es visto como un gran socio comercial, una oportuna fuente de recursos, una contraparte excepcional, casi como fue vista Gran Bretaña entre fines del siglo XIX y principios del XX. Esto en momentos en que una gran parte de la comunidad internacional está refinando su comprensión de China y contemplando una opción estratégica mixta hacia Pekín. Esto es, una política que mezcle aproximación y previsión: tener más y mejor iniciativa propia y protegerse de los potenciales de los vínculos con China.

Un ejemplo de ausencia de estrategia es el escaso esclarecimiento del papel de Brasil en la política mundial y regional del país: más que pensar qué piensa y pretende Brasilia, se debería precisar qué quiere y propone Buenos Aires; más que esperar qué lugar le asigna Brasil a la relación con la Argentina en el marco de su proyección internacional, se debería determinar un modo de inserción global y la ubicación de Brasil en ese horizonte.

En resumen, a pesar del poco debate de los asuntos internacionales en las campañas electorales, es posible detectar una intensa polémica política sobre el comportamiento externo del país.

Las vertientes más convencionales de la oposición han mostrado que están tan extraviadas y cometen tantos desatinos en materia de política exterior como en otros aspectos de la política interna. Ello facilita, de hecho, que el Gobierno navegue en las tumultuosas aguas internacionales sin el imperativo de diseñar una gran estrategia internacional que, a su turno, permita establecer unas pocas prioridades vitales de largo plazo para el país. Carecemos de un mapa de ruta, de una brújula de futuro, y la responsabilidad de ello no recae sólo en el gobierno actual.

En materia de política exterior no todo pragmatismo es virtuoso ni todo lo ideológico es problemático. Lo verdaderamente nocivo es el dogmatismo, esa combinación de inflexibilidad, ingenuidad e inmoderación.

© La Nacion

El autor es profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad Torcuato Di Tella

La ONU, en defensa de la salud

La Asamblea General de la ONU consideró el problema de las enfermedades no transmisibles, causantes del mayor número de muertes en el mundo y, a través de una declaración, ha convocado a una activa lucha de todas las naciones contra esos males que incluyen, principalmente, las cardiopatías, el cáncer, las neuropatías y la diabetes.

Esas enfermedades son las que más preocupación generan porque son causantes cada año del 63 por ciento de los fallecimientos en el mundo, y de ellos, el 25 por ciento son jóvenes.

Un estudio de la Facultad de Salud de la Universidad de Harvard ha calculado que, de continuar así, en los próximos veinte años, este tipo de males costarán casi la mitad del PBI mundial de 2010.

Los datos citados permiten apreciar las razones por las cuales las enfermedades no transmisibles han de encararse con interés prioritario debido a sus consecuencias y no sólo a sus índices de mortalidad, pues aun cuando los pacientes sobrevivan, sus posibilidades de trabajo se reducen y sus necesidades de tratamiento y atención aumentan, incrementándose, a su vez, el daño social y económico, aspectos que son más notorios en los países cuyas rentas son medias o bajas. De ese modo, se van socavando posibilidades del desarrollo de los países, según afirma la declaración del organismo internacional.

La importancia asignada a la cuestión se advierte porque es la segunda vez en su historia que la Asamblea de las Naciones en pleno trata un problema sanitario. El objetivo buscado es la elaboración de estrategias que sirvan a la mejor prevención y cuidado de las personas, en especial de las más jóvenes.

Esa prevención tiene especial relación con los llamados factores de riesgo, como lo son el tabaquismo, las dietas poco saludables, el consumo excesivo de alcohol, el sedentarismo. Esos antecedentes de las graves patologías citadas deben ser vigilados a través de un periódico control médico, una continua y eficiente educación aliada al aporte de una legislación que lleve a una disminución del consumo de cigarrillos y de alcohol, sobre todo en las edades juveniles, o mediante campañas que concurran a aminorar el empleo de sal y grasas en las dietas.

En el curso de la Asamblea, la subsecretaria de Prevención y Control de Riesgos del Ministerio de Salud de nuestro país, Marina Kosacoff, dio a conocer las medidas preventivas aquí tomadas en el sentido arriba indicado.

Es evidente que el problema merece la mayor consideración de todas las naciones. Si bien una prevención eficaz tiene su costo, es muy pequeño, según lo ha calculado la OMS: 40 centavos de dólar por habitante. Las sumas por invertir, pues, son bajas cuando se las compara con el costo de atender a los enfermos con su carga de efectos sociales y económicos.

Se trata, entonces, de un esfuerzo factible para la comunidad global, que no sólo impedirá que muchos se enfermen, sino que a la vez “se ha de salvaguardar el futuro”, según dijo acertadamente el secretario general de la ONU, Ban Ki-moon.

Cada vez más empleados públicos

En los últimos ocho años el número de empleados públicos en la Argentina creció de 2,15 a 3,2 millones. Estas cifras se refieren al conjunto de los gobiernos, tanto el nacional como los provinciales y los municipales. Debe decirse, sin embargo, que habiendo crecido en los tres niveles, la mayor responsabilidad del aumento se observa en las provincias.

El aumento del empleo público entre 2003 y 2011 fue del 49 por ciento, esto es, un 5,1 por ciento anual. Creció a un ritmo casi cuatro veces más rápido que el de la población activa. De esta forma, la participación del empleo estatal en el total pasó desde el 16 al 21 por ciento. La Argentina se expone de esta forma como un país de frondosa y creciente estructura burocrática en comparación con cualquiera de los demás países de la región. En Brasil, Chile y Uruguay las proporciones de empleo estatal son del 11, el 14 y el 16 por ciento, respectivamente.

Este fenómeno se ha producido sin que por ello hayan mejorado las prestaciones que el Estado brinda en nuestro país. Antes bien, se han deteriorado. La inseguridad ha aumentado y se ven menos policías en las calles. La atención de la salud es hoy más precaria, sin que haya aumentado el número de enfermeras.

La mayor dotación de empleados públicos cumple en su gran mayoría seguramente funciones burocráticas prescindibles. Se trata en muchos casos de empleo clientelístico generado en cumplimiento de compromisos políticos o personales. Es bien sabido que a cada elección le sigue una ola de nuevos nombramientos.

En la Argentina, el punterismo se paga con puestos. Cada nuevo funcionario debe encontrarlos y, además, hacer espacio para la tradicional pregunta: “¿No tenés un puesto para mi hijo?” La misma denominación de “puesto” indica lugar o espacio, más que responsabilidad laboral. Si la remuneración es modesta, es “puestito”. Si, en cambio, es significativa, es “puestazo”.

El aumento del empleo estatal reconoce un procedimiento característico. El nuevo funcionario político designa personas en calidad de contratados. Esto le permite sortear las limitaciones de su estructura orgánica. Además, puede alegar ante sus superiores que necesita lealtad política y que esto exige nuevos contratados. Estos contratos son por tiempo determinado, pero se renuevan mientras no haya cambios de gobierno. Sin embargo, cuando se aproxima ese cambio, o aun inmediatamente después, los contratados ejercen una intensa presión, con apoyo sindical, para pasar a planta permanente. En general, tienen éxito y, a partir de entonces, comienzan a gozar del beneficio de la estabilidad y a actuar bajo todos los desincentivos del empleo público. Son la siguiente capa geológica inamovible, que será considerada inútil por el siguiente funcionario político.

Estos rasgos de la cultura política argentina están teñidos de irresponsabilidad ciudadana. Todos ellos explican el recurrente crecimiento del empleo público y la consiguiente tendencia a la insolvencia fiscal. La Argentina los ha vivido intensamente en los últimos años.

Han operado en paralelo con otros rasgos de irresponsabilidad fiscal que han dado lugar al aumento de muchos otros rubros de gasto. Las Legislaturas provinciales o el Congreso Nacional no sólo no han puesto límites a estos comportamientos, sino que, en buena medida, los han convalidado o incluso alentado.

La moratoria previsional hizo posible incorporar más de dos millones de nuevos jubilados que no habían hecho antes ninguna clase de aporte al sistema. De esta forma, el Estado debe solventar mensualmente 5,6 millones de pasividades. A esto se agregan los planes sociales y los subsidios por hijo.

En definitiva, hay más de diez millones de recipiendarios de pagos personales del Estado, lo que implica que cerca de la mitad de la población argentina depende directamente de él. Se entiende, entonces, y bien claramente, por qué el gasto público en el país, neto de los subsidios a la energía y el transporte, ha sufrido un aumento del 30 al 36 por ciento del producto bruto interno en los últimos ocho años.

El gobierno argentino ha entrado en déficit fiscal, a pesar del enorme aporte de recursos que le ha facilitado el desarrollo de las importantes exportaciones sojeras y sus excelentes precios. Un futuro menos promisorio y la falta de acceso a los mercados de deuda obliga a proyectar un serio programa de austeridad fiscal.

La normalización de las tarifas podrá permitir reducir los subsidios a los servicios y la producción, pero el gasto burocrático basado en el exceso de empleo innecesario ofrecerá una mayor dificultad. Nada cambia que ese exceso esté principalmente ubicado en provincias y municipios y que los desvíos sean mayores en unas que en otras. Hay vasos comunicantes en los mecanismos del manejo fiscal que siempre terminan poniendo al gobierno nacional en el eje de las crisis de solvencia. La realidad del fenomenal e injustificado aumento del número de empleados públicos es un hecho incontrastable que se cierne sobre la gestión de gobierno que se iniciará en el próximo diciembre.

En Grecia, la clase media se rebela contra el ajuste

ATENAS.-Una peligrosa y silenciosa revuelta se está gestando en Grecia.
Sentada en el modesto living de su casa, que comparte con sus padres, su marido y sus dos hijos adolescentes, Stella Firigou, de 50 años, dice estar segura de una sola cosa: “No voy a pagar el nuevo impuesto a la propiedad anunciado este mes por el gobierno. No puedo ni quiero. Y estoy dispuesta a ir a la cárcel por ello”, señala, inflexible.

También Angelos Belitsakos, un comerciante de 60 años, se niega a pagar más impuestos. “El Estado nos va a matar. No pagar es actuar en defensa propia”, explica. Y añade, desafiante: “Si es necesario, iré a la quiebra y a la cárcel”.

En la Grecia de hoy, estas historias se multiplican con el correr de los días y comienzan a dar forma a una nueva y preocupante revolución, que se gesta al interior de los hogares, lejos de las calles: la de la clase media.

Durante décadas, los pequeños comerciantes fueron la espina dorsal de la economía griega y sus fieles contribuyentes, en un país donde la evasión de impuestos prolifera. Pero esta situación parece estar cambiando.

Ante el deterioro de su vida cotidiana por la ola de draconianas medidas de austeridad exigidas por acreedores internacionales a cambio de fondos de rescate, la clase media griega naufraga en un mar de aflicción, incertidumbre y hartazgo. Y ahora grita “¡basta!”.

“El gobierno está en guerra con los ciudadanos. Está tomando decisiones cuyas consecuencias no sólo ahogan a la clase media, sino que amenazan su existencia”, advirtió Jens Bastian, economista de la Fundación Helénica para Europa en Atenas.

Grecia se encuentra en la primera línea de la crisis de deuda de la zona euro, y su población ha soportado varias rondas de duras medidas de austeridad en el último año y medio.

Tan sólo la semana pasada, el gobierno anunció que recortará aún más las pensiones, aumentaría el impuesto de propiedad y pondría a decenas de miles de funcionarios en preaviso de despido para asegurar más ayuda y salvar al país de la bancarrota, lo que no hizo más que aumentar el dolor de cabeza de un electorado cada vez más resentido.

“La tortura por goteo no puede continuar”, reconoció Dimitris Lintzeris, del gobernante partido socialista Pasol, tras señalar que hoy votará para cambiar el impuesto de propiedades, pero que no está tan seguro sobre más recortes.

Los impuestos, junto con los recortes de pensiones y empleos, contribuyeron a elevar el desempleo juvenil al 40% y golpearon con particular fuerza a los propietarios de pequeños negocios. Las acciones y las propiedades valen una fracción de su antiguo valor y los griegos temen el efecto de más recortes sobre la economía.

“Duele mucho, nuestros bolsillos están vacíos. Estamos recortando en gastos todos los días”, dijo el cartero Costas Apostolou, de 50 años.

“Ya han reducido mi salario cerca del 15 por ciento. ¿Y acaso nos sacarán estas medidas de la crisis? No lo creo”, agregó Apostolou, mientras caminaban por la plaza Syntagma, núcleo de las protestas contra los recortes y donde se produjeron violentos enfrentamientos en junio pasado.

Al igual que Apostolou, casi todos los griegos se quejan por el efecto de los recortes. La conversación en los bares y restaurantes de Atenas, o en la playa, vuelve constantemente a la posibilidad de un default, a la recesión y la estrategia para afrontar la colosal deuda griega de 350.000 millones de euros. También las tertulias de televisión descienden a menudo a la bronca por la austeridad.

Algunos dicen que no es justo, muchos culpan al sistema bancario mundial y otros hacen planes para sacar su dinero del país o emigrar para iniciar una nueva vida.

“Hemos construido nuestras vidas de forma diferente, con préstamos bancarios y tarjetas. Ahora están recortando nuestros salarios y las empresas están cayendo. ¿Cómo pagaremos?”, se preguntó Kuriaki Alexiou, un médico de 50 años. “Esto no nos lleva a ninguna parte. Si no hacen algo para arreglarlo, la gente pasará hambre. Y en algún momento explotarán y lo llevarán a las calles”, advirtió.

El país también sigue amargamente dividido entre los empleados del sector privado, que dicen que la inflada burocracia estatal asfixia a los griegos, y los funcionarios, que dicen que los principales problemas son la corrupción política y la evasión de impuestos.

“Quiero creer que las cosas mejorarán, pero Europa es muy lenta. Es verdad que cometimos muchos errores, pero no es sólo culpa nuestra”, dijo Alexiou. “Los bancos solían animarnos a pedir préstamos y ahora dicen que no tienen dinero”, afirmó.

Como Alexiou, muchos griegos temen caer en un círculo vicioso: un círculo letal de más medidas de ajuste, que generen una mayor contracción de la economía y una menor recaudación de impuestos, lo que podría terminar por empujar al país a un default, a pesar de la austeridad inicial.

Ante esta situación, los principales sindicatos de transporte han convocado a más huelgas para octubre, mientras continúan los paros que han sembrado el caos entre los usuarios, ralentizado el comercio y golpeado a la importante industria turística.