Cuando los gobernantes embarcan a sus pueblos en enfrentamientos permanentes, terminan por arruinarles el futuro.
Una de las características más sombrías y destructivas del populismo latinoamericano tradicional es la que impulsa a determinados gobernantes a desatar en sus propios países insidiosas confrontaciones internas o a provocar ruidosos e implacables enfrentamientos entre los distintos sectores del espectro social, institucional o político.
A menudo se tiene la impresión de que, en la visión extraviada de quienes ejercen el poder con un definido espíritu antirrepublicano, las decisiones o iniciativas de gobierno que se adoptan sólo se consideran políticamente eficaces cuando desencadenan agudas resistencias o cuando suscitan un grado notorio de conflictividad en el propio país.
En tales casos, las principales estrategias gubernamentales de comunicación o de gestión son la que apuntan, inequívocamente, a una valoración perversa del conflicto o de la confrontación permanente. Provocar resistencias enojosas o suscitar divisiones en el entramado social o político no es, en la óptica de algunos gobernantes, un demérito o un fracaso, sino un objetivo altamente apreciado.
El comportamiento del gobierno que preside Cristina Fernández de Kirchner, lo mismo que el de su antecesor, Néstor Kirchner, responde en buena medida a esa lamentable tendencia, que lleva a medir el efecto de las decisiones que se adoptan y de las actitudes que se asumen en función de su potencial aptitud para desatar polémicas o provocar confrontaciones y divisiones presumiblemente favorables a los intereses mezquinos del oficialismo.
De otro modo, no se entendería la manera deliberadamente conflictiva y predispuesta al choque y a la confrontación con que son conducidas habitualmente las relaciones entre el Poder Ejecutivo Nacional y los otros poderes del Estado. Tampoco se comprendería la tónica elegida por la Casa Rosada y la residencia de Olivos para encarar algunas situaciones que merecerían haber sido conducidas con un grado mucho mayor de mesura, capacidad de diálogo y equilibrio. Eso se observó con claridad, por ejemplo, durante la innecesaria crisis que afectó en su momento al Banco Central y el impensado conflicto con la república hermana del Uruguay .
Los tonos que imperan habitualmente en la relación entre la Casa Rosada y el Congreso Nacional tampoco se justificarían sin un espíritu dispuesto a celebrar las confrontaciones y los desencuentros deliberadamente exacerbados. ¿Qué decir de la maledicencia y la agresividad gratuita con que la Presidenta maneja sus diálogos con el periodismo, propios de quien confía en beneficiarse con un clima en el que prevalezcan la irrespetuosidad, la grosería y el desprecio tajante por el pluralismo y la libertad de prensa?
Por supuesto, las conductas a que nos estamos refiriendo no son nuevas. Son las que han imperado durante muchos años ?e imperan todavía en no pocos casos? en los gobiernos de la región que responden a las características de un populismo
Inequívocamente demagógico e indiferente a los principios y lineamientos del sistema republicano. Como lo señaló recientemente el nuevo presidente de Chile, Sebastián Piñera, cuando los pueblos se embarcan en interminables y estériles luchas fratricidas, terminan por arruinar su futuro.
Editorial IIPopulismo anacrónico
Cuando los gobernantes embarcan a sus pueblos en enfrentamientos permanentes, terminan por arruinarles el futuro
> Ir a la notalanacion.com | Opinión | Lunes 26 de abril de 2010

