El desafío de los jóvenes "ni-ni" en la región
Andrés Oppenheimer
CIUDAD DE MEXICO.- México no es Libia, Egipto ni Túnez, pero tiene algo en común con ellos: una enorme masa de jóvenes desempleados que están en el centro de la violencia que está azotando a esos países.
En el norte de Africa, los jóvenes desempleados están llevando a cabo revoluciones. En México, no tienen una agenda política, pero son una parte integral de la violencia de los carteles de las drogas, que ha dejado más de 30.000 muertes en los últimos cuatro años. Ahora, este silencioso ejército de jóvenes mexicanos que ni trabajan ni estudian -conocidos como los “ni-ni”- está más en las noticias que nunca.
El tema del día en México es la controvertida propuesta del gobernador del estado norteño de Chihuahua, César Duarte Jáquez, de que los ni-ni mexicanos sean alistados para cumplir tres años de servicio pago en el ejército. Duarte dice que su propuesta sacará a esos jóvenes de las calles, les permitirá ganar un salario y acceder a los programas educativos subsidiados del sistema militar. Muchos de ellos podrían encontrar una carrera permanente en las fuerzas armadas, afirma.
La propuesta del gobernador suscitó una avalancha de críticas por parte de diputados federales y periodistas. Algunos dicen que eso llevaría a que miles de jóvenes sicarios de los carteles del narcotráfico inundaran las filas del ejército. Otros dicen que sólo serviría para darles a millones de jóvenes desempleados un entrenamiento militar que luego pondrían al servicio de los narcotraficantes.
Pero la propuesta del gobernador de Chihuahua ha colocado en las primeras planas un problema que no sólo azota a México, sino también a toda América latina. Según nuevos datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), hay 20 millones de jóvenes en América latina que ni trabajan ni estudian. De este total de ni-ni, 16 millones ni siquiera están buscando trabajo, en muchos casos porque han perdido toda esperanza de hallar empleo.
A nivel nacional, el porcentaje de jóvenes entre 15 y 24 años que ni trabajan ni estudian es del 28% en Colombia, 24% en El Salvador, 21% en México, 20% en Perú, 19% en la Argentina y 17% en Chile. En el caso de la Argentina, la cifra probablemente sea mayor, porque las estadísticas allí sólo miden el desempleo juvenil urbano, dicen los funcionarios de la OIT.
“Igual que en el norte de Africa, el desempleo juvenil es un problema serio en América latina”, me dijo Guillermo Dema, el experto en desempleo juvenil de América latina de la OIT. “Es algo que tiene grandes consecuencias en términos de gobernabilidad y democracia en todos los países.”
¿Cómo solucionar el problema de los ni-ni? Entre los muchos programas interesantes destinados a sacarlos de las calles se cuenta el plan Prepa-Sí, de la Ciudad de México, que ofrece 45 dólares por mes a los estudiantes secundarios para que sigan yendo a la escuela y hasta 65 dólares mensuales si sacan notas altas.
“Esencialmente, les pagamos para que estudien”, me señaló el secretario de Educación de Ciudad de México, Mario Delgado Carrillo. “Logramos reducir la deserción escolar del 20 al 6% en los tres últimos años. Y las calificaciones de los estudiantes subieron de un promedio de 7,3 a 8,3 durante el mismo período.”
Bajo este programa, la ciudad les paga el dinero a los estudiantes -no a los padres- por medio de una tarjeta bancaria, que también ayuda a que los jóvenes aprendan a manejar sus propias cuentas.
Otro programa interesante que se está llevando a cabo en 11 países latinoamericanos es A Ganar, en parte financiado por el Banco Interamericano de Desarrollo. Este plan usa el fútbol y otros deportes de equipo como anzuelo para poner a los jóvenes marginales bajo la supervisión de entrenadores deportivos que los alientan a aprender oficios o a regresar a la escuela. El programa planea entrenar a 5400 jóvenes en los próximos dos años, un número relativamente pequeño de los ni-ni de la región.
Mi opinión: además de los planes económicos para aumentar los empleos para los jóvenes, casi todos los países latinoamericanos -y Estados Unidos- también necesitan reestructurar sus sistemas universitarios para crear escuelas vocacionales de dos o tres años de duración que den títulos de técnicos mecánicos, electricistas y otros oficios. Casi todas las universidades latinoamericanas sólo ofrecen carreras tradicionales de cinco años de duración, como abogacía o medicina.
En Singapur me sorprendió ver que el Estado destina tantos o más fondos a las escuelas vocacionales que a las universidades. El 25% de los jóvenes asisten a esas escuelas vocacionales de alto nivel y el 90% de sus graduados consiguen empleo. Eso, juntamente con estímulos económicos a los estudiantes, sería una excelente ayuda para reducir el número de ni-ni latinoamericanos.

