El fenómeno inflacionario perjudica especialmente a aquellos que perciben ingresos fijos y a los sectores de menores recursos.
PARA los 20 meses que le restan de gestión, el principal desafío económico de Cristina Kirchner será la inflación. El rebrote inflacionario implica ciertas cuestiones para ser tenidas en cuenta ya sea como causas o consecuencias tales como la negación de la inflación real, la inoperancia en el control de precios, la marcada apreciación cambiaria debido a un dólar muy estable por la cosecha abundante, y la expansión desproporcionada del gasto público que explicará la inflación cerca del 25% anual en 2010. Este nivel de precios influirá en una pobreza creciente hasta el 33% de los hogares para el final del mandato.
La inflación debe combatirse tanto por motivos de eficiencia como de equidad y sobre todo de sustentabilidad política si el Gobierno quiere seguir hasta 2015.
El fenómeno inflacionario perjudica especialmente a aquellos que perciben ingresos fijos y a los sectores de menores recursos. La literatura señala que el impacto del impuesto inflacionario es hasta tres veces más costoso para los segmentos de menores ingresos respecto a los superiores. No es cierto que la inflación que afecta a los pobres sea menor, como señala nuestro “Comisario de Precios”, y eso lo evidencia la expectativa inflacionaria de este grupo social. La inflación, por otra parte, incrementa la incertidumbre en la economía lo que desincentiva la inversión, que ya sufrió un golpe duro el año pasado. La política antiinflacionaria del Gobierno se limita, en los hechos, a emplear el tipo de cambio como ancla nominal, mantiene congeladas las tarifas de servicios públicos en el Gran Buenos Aires y desinforma a través de la manipulación del Indec. Esta manipulación aumenta paradójicamente la expectativa de inflación.
Después de un par de años en el podio de los 12 países con más inflación del mundo, la población ajustó sus expectativas hacia arriba. Según el relevamiento del CIF de la Universidad Di Tella, la mediana de la inflación esperada para los próximos 12 meses es del 30%, algunos puntos por encima de lo que estima el Gobierno.
La puja distributiva se hizo sentir en las últimas negociaciones salariales, es la típica inflación de costos la que complica el escenario. A su vez, el monto de subsidios se vuelve una carga muy pesada para las cuentas fiscales (3,5% del PBI) y aumenta el déficit fiscal. Aún así, el Fondo del Bicentenario, la gran cosecha de soja y la recuperación de la recaudación por la propia dinámica inflacionaria permitirán que el ajuste fiscal se postergue por un tiempo más.
Es necesario que el Gobierno coordine una política creíble y contundente para el combate de la inflación. Para ello, debería comprometerse a modificar en forma agresiva la tasa de crecimiento del gasto público y de la emisión monetaria, normalizar el Indec y eliminar las múltiples distorsiones en los mercados de bienes para que retornen las inversiones al sector real y se amplíe la oferta agregada. Estos temas y las recomendaciones enunciadas suenan muy repetitivos, pero es lo que habitualmente ocurre cuando los problemas se vuelven crónicos.
Sin ventajas competitivas
La inflación ha licuado gran parte de la ventaja competitiva asociada a la devaluación de 2002. El tipo de cambio real ha ido cayendo desde el máximo alcanzado en mayo de 2002, cuando se situó en un nivel de 2,88 contra 1 de diciembre de 2001. Sin embargo es aún un 33,1% mayor al de fines de la convertibilidad según las estimaciones del IAE Business School. El costo laboral unitario en dólares, por otra parte, está al nivel de la convertibilidad en varios sectores.
Incluso para algunas actividades del sector agropecuario la situación puede tornarse difícil este año, desde que los aumentos de precios internacionales no serán suficientes para compensar los incrementos de costos. En cambio, el tipo de cambio multilateral está mucho más distante respecto a diciembre de 2001, casi lo duplica. Esta tendencia al retraso cambiario bilateral se da en un entorno de una gran fortaleza para la economía que es una cuenta corriente muy favorable (puede haber quizás algo de “enfermedad holandesa” por el efecto de la soja que explique esta situación). El problema no es que se haya evaporado esta competitividad que algunos consideran artificial y otros simplemente competitividad-precio, sino que no se aprovechó la oportunidad para generar mayor competitividad estructural o sistémica. La productividad argentina aumentó, pero menos de lo que avanzó el resto del mundo en estos años. Algunos sectores ya están demandando una nueva depreciación del tipo de cambio. Si el Gobierno persiste en la fijación del tipo de cambio como ancla nominal, y la inflación trepa a 30% anual, el año que viene es probable que el nuevo presidente se encuentre en un escenario de apreciación cambiaria complicado, análogo al ocurrido en 1981 o 2001.
Ante el escenario descripto, sólo queda esperar por la decisión de la autoridad nacional. Si se persiste en el autismo y en creer que un pacto social, cada vez más lejano, es la solución a estos problemas, deberemos acostumbrarnos a convivir, por mucho tiempo, con este nivel de inflación.
Columnista invitadoLa inflación llegó para quedarse
Eduardo Fracchia
> Ir a la notalanacion.com | Economía | Domingo 25 de abril de 2010

