No es sano vivir con una inflación descontrolada.
De compras este fin de semana, tuve que llamar a mi mujer para consultar sobre los precios con los que me enfrenté en el supermercado: 50 pesos el kilo de matambrito de cerdo y 14 pesos el kilo de lechuga. ¿Puede ser que esto esté bien o me están estafando?, fue la pregunta que le hice. Había perdido noción sobre si era barato, si era caro, si los precios reflejaban algún desequilibrio estacional, si era que el supermercado había remarcado sin compasión o si la inflación ya había entrado en un curso descontrolado.
La anécdota viene a cuento porque se asocia con una de las explicaciones más usadas en los últimos días sobre las causas de la inflación: que se produce por una actitud oligopólica y remarcadora de los empresarios, que aumentan sus precios aun por encima de la inflación con el fin de abultar sus márgenes y sus niveles de ganancias, siendo así los principales causantes del flagelo.
Encuentro poco convincente esta explicación. La Argentina vivió, tanto en los años 90 como durante varios años de la administración Kirchner, períodos con valores bajos de inflación. La pregunta que deberían responder quienes defienden esa hipótesis es por qué tan repentinamente este verano los empresarios no pudieron contener sus impulsos más perversos y comenzaron una alocada carrera por subir sus márgenes.
Difícilmente la respuesta sea que la economía crece ahora fuertemente (al 7 u 8% anualizado, según el último informe del Banco Ciudad), porque también lo hizo durante muchos años en los 90 y, ciertamente, entre mediados de 2002 y 2007. ¿Qué es lo que sería diferente ahora? Si ésta fuera la causa de la inflación, entonces 190 países del mundo deberían tener una inflación descontrolada, porque, que yo sepa, empresarios con ganas de ganar dinero hay en todos lados.
Efecto destrucción
Pero no todo es tan sencillo como parece, y creo que hay algo de verdad en un aspecto de la historia. El debate me hizo recordar que en 1994 Mariano Tommasi, un economista argentino, publicaba un artículo en la revista más importante de economía del mundo, la American Economic Review . Su artículo, que se convirtió rápidamente en una de las citas clásicas de los estudiosos de la inflación en todo el mundo, se llamaba “Las consecuencias de la inestabilidad de precios sobre la conducta del consumidor, una manera de entender los costos de la inflación”.
El punto que enfatizaba Tommasi es que la inflación destruye, al menos para el consumidor, la información contenida en los precios, porque hace que la comparación se vuelva más difícil; algo así como lo que sentí este fin de semana en el supermercado. Cuando sube la inflación, los precios relativos se descontrolan (pasamos al mundo del vale todo), pero además la propia inflación impide saber si un precio está fuera de escala o no. Además, algo me puede parecer caro hoy, pero no puedo demorar la compra porque la inflación me come el bolsillo todos los días, y cuando encuentre un precio alternativo ya la propia inflación quizá lo haya aumentado.
Que la información contenida en los precios se reduzca como consecuencia de la inflación, a su vez, es crítico, porque les aumenta, ahora sí, a empresarios y comerciantes, la posibilidad y la voluntad de “remarcar”, incluso por encima de esa inflación. Si el consumidor no tiene manera de saber si el precio es una estafa y está apurado por comprar, cambia la ecuación económica a favor de subir los precios, ya que es probable que se espanten menos consumidores ante un cierto aumento. En mi caso, tengo que confesar que compré finalmente la lechuga a 14 pesos, ya que no quise arriesgar ir a otro lado y encontrar un precio aun mayor. Para Tommasi allí residía el verdadero costo de la inflación: márgenes más altos en toda la cadena comercial, menor nivel de competencia en toda la economía y, en definitiva, precios más altos y menores niveles de producción.
Entonces, resulta que era cierto que la inflación genera remarcaciones que son excesivas y que aumentan los márgenes empresarios más de lo lógico, pero lo que explica Tommasi es que esto es una consecuencia de la inflación, no su causa (que a mi entender no es otra que la política monetaria). Si queremos combatir el flagelo apuntando a las consecuencias, sería como poner el carro delante del caballo.
OpiniónInflación y márgenes excesivos: ¿qué viene primero?
Federico Sturzenegger
> Ir a la notalanacion.com | Economía | Martes 13 de abril de 2010

