Nos llamamos un país federal y no somos un país federal.
Nuestro país eligió el sistema federal luego de apasionados conflictos y colisiones sangrientas. Las provincias armaron el país. No fue fácil, pero se impuso la visión estratégica de los mejores. El genio de Alberdi operó como un oráculo que marcaba la ruta. Y Urquiza demostró ser el patriota que demolió resistencias para terminar de edificar una nación. La tensión entre unitarios y federales, sin embargo, no fue superada del todo. Entre las muchas razones, aparece la fuerza cultural y económica de Buenos Aires. En lugar de funcionar como la ciudad de Washington, sólo sede de los tres poderes, creció como París, centro del país todo. Esta deformación inspiró a Ezequiel Martínez Estrada su libro La cabeza de Goliat . Alfonsín intentó corregir la deformación mediante el traslado de la Capital Federal “hacia el sur, el frío y el mar”. Pero no culminó su sueño.
Existen otros defectos. La Constitución de 1853/60 determinaba que los impuestos de la Nación provendrían sólo de la Aduana y que el grueso quedaría en las provincias. Después del golpe de Uriburu, al comenzar la presidencia de Justo, surgió el impuesto a los réditos -”transitorio”, palabrita mentirosa que nunca falta cuando se trata de esquilmar al pueblo-, que impuso un curso inédito a las recaudaciones: el conjunto de la nación debía mandar sus tributos al poder central, y el poder central lo coparticiparía. El angosto arroyuelo se fue convirtiendo en un río fragoroso. El impuesto a los réditos tuvo cría, y el país entero se transformó en una legión de siervos que debe verter en las arcas del codicioso patrón nacional de turno el grueso de las recaudaciones. El patrón de turno devuelve algo, llamado “coparticipación”. Pero esa coparticipación, que hasta hace unos años era automática, reglada y puntual, degeneró en una arbitrariedad escandalosa. Ahora, el Ejecutivo “coparticipa” según su capricho e intereses. Recibe más quien se le arrodilla y casi nada quien pretende mantener algo de la olvidada dignidad federal.
Es deprimente ver a los gobernadores que viajan como mendigos a la Capital Federal con la mano extendida y las rodillas temblorosas para que les entreguen los aportes debidos. Tampoco son santos: esta situación les ha regalado una justificación maravillosa para afirmar que no pueden pagar los sueldos porque la Capital Federal no les ha girado la esperada “coparticipación”. De este modo, a la irresponsabilidad e ineficiencia del poder central se añade la ineficiencia del poder provincial.
En este campo, entra la insistente cuestión del “transitorio” impuesto al cheque. Desde el comienzo, fue un tributo antifederal, porque cheques se firman en todas partes y lo justo hubiera sido que el impuesto quedara en la localidad en la que fue extendido. Pero no. Masivamente se transfirió al poder central, que lo redistribuye -cuando lo hace- de la forma que se le antoja. La Presidenta amenazó con suprimirlo si no le permiten seguir aprovechándose de su masa compuesta por demasiados millones. O lo maneja ella o no les afloja una miga a los desfallecientes gobernadores. La vieja historia del perro del hortelano. ¿No es eso creer que la mayoría de los argentinos son giles, que no abrieron los ojos cuando anunció que recién lo suprimiría en 2011, cuando tuviera que irse? De ese modo, dejaría a su sucesor desprovisto de ese recurso. Si la amenaza no es una jugarreta, que lo suprima hoy mismo, a ver si se anima.
El curso de los impuestos evoca a los antiguos carros aguateros tirados por un burro. Por lo general, eran tanques viejos con agujeros por donde perdían líquido. Antes de llegar al último consumidor, no les quedaba ni una gota. Los impuestos van de los municipios a la provincia y de la provincia a la Nación. Fluyen al revés de lo que impone la lógica. Y esta patología se manifiesta en que la Nación se comporta mal con las provincias y las provincias, mal con sus municipios. Los carros aguateros dejan a todos con sed. Violan nuestra tradición basada en los ayuntamientos españoles. El curso virtuoso sería que el grueso quedara en lo municipios, que estos “participaran” a la provincia y que la provincia “participara” a la Nación. De ese modo, seríamos un país federal en serio. Los enormes y ocultos gastos que realiza en Ejecutivo Nacional, la dispensa de favores, el picoteo voraz de la corrupción y la ausencia de recursos en que queda enterrada la Argentina productiva demuestra que usamos mal las palabras y deformamos nuestro pensamiento. Nos llamamos un país federal y no somos un país federal.
Otra de las muchas evidencias es la conducta de los senadores. Fotografías y noticieros han mostrado cómo estos legisladores traicionan con descaro a sus provincias. En plena sesión, suelen llevarse el celular a la oreja para recibir las órdenes de Olivos. ¿A quiénes representan? Si no representan a sus provincias, sino al poder central, que consigan un puestito en ese poder y renuncien al mancillado título de “representante del pueblo”. Volvemos al lúcido Auden. Si renuncian al nombre que no merecen, contribuirán a disminuir la corrupción del lenguaje y la deformación del pensamiento.
Deprime la imagen de los gobernadores transformados en mendigosFederalismo pisoteado
Marcos Aguinis
> Ir a la notalanacion.com | Opinión | Viernes 16 de abril de 2010

