Sabemos quiénes quieren ser candidatos, pero no sabemos qué piensan los candidatos.
Vivimos con una pavorosa inflación, que ya ronda el 30 por ciento anual. Encima, con una negra historia de más de medio siglo. ¿Qué se hará para contenerla? ¿Cómo volveremos a ser un país normal? No sea que terminemos con descalabros como los ya vividos.
El Gobierno provocó el mayor gasto público del que se tenga memoria. El presupuesto de 2010 equivale a siete veces el de 2002, que por la crisis fue aprobado en marzo de ese año, después de la devaluación. Hoy los subsidios constituyen una fuente inalcanzable de necesidades tributarias. ¿Cómo se contendrá y reducirá ese gasto, cuyo efecto recesivo al final será ostensible, porque para financiarlo hay que sacarle recursos a la producción? A la Presidenta le repugna la palabra “ajuste”, pero ya lo está haciendo por medio de la inflación, que es el impuesto que golpea a los más débiles y disloca todas las relaciones económicas. .
Las inversiones, imprescindibles para crecer, en especial las innovadoras, necesitan seguridad jurídica como requisito inexcusable. ¿Qué certidumbre tendrán? Los servicios públicos, algunos en manos privadas, ¿qué tratamiento han de recibir? Respecto de la energía eléctrica, cuyo sistema hizo que tuviéramos precios bajísimos, particularmente en generación, ¿volveremos al régimen original o seguirá la política actual? En cuanto al gas y al petróleo, ¿estimularemos económicamente su exploración o nos conformará tener una producción rayana en la pérdida del autoabastecimiento? ¿Seguiremos necesitando importaciones de combustibles a precios exorbitantes, comparados con los de producción nacional? ¿Cómo se afrontará la deuda pública, hoy mayor que antes del default pese al enorme escamoteo que significó el canje?
En cualquier país medianamente adelantado, lo dicho está en el debate de los contendientes. Lo acabamos de ver no sólo en las primarias y en las generales de los Estados Unidos, sino, ayer nomás, en Chile y Uruguay. Es posible que algún asesor de campaña, ávido lector de encuestas, que termina transformando al dirigente en dirigido porque no dice lo que piensa, sino lo que se quiere escuchar, le aconseje lo contrario. Que le diga que para ganar las elecciones hay que comprometerse lo menos posible, sólo sonreír y augurar la felicidad. Pero así no se construye nada sólido: después vienen las frustraciones.-
Hace muchísimo, a fines del siglo XIX, Carlos Pellegrini se preguntaba por qué no teníamos partidos de principios, con programas de gobierno, y reclamaba que los hubiera.
Hubo intentos valiosos, pero en la política del siglo XX predominaron los movimientos que aglutinan a individuos atraídos por un líder, que comparten la militancia pese a tener cosmovisiones muy disímiles entre sí. Ese vicio de los argentinos sigue persistiendo en el siglo XXI. El personalismo es todavía nuestra marca distintiva. El desafío y la urgencia de hoy es revertir la mala tradición. El pueblo es más maduro de lo que algunos creen. Discutir ideas y programas, primero, para después optar por las candidaturas, es el camino correcto. Porque lo otro, lo que hicimos y seguimos haciendo, es el germen que alimenta la mala política, y ella es la causa primordial, no la única pero sí la dominante, de nuestra insoportable decadencia.
Seguir al líder, un vicio argentino
Alberto A. Natale
> Ir a la notalanacion.com | Opinión | Lunes 3 de mayo de 2010

