Tanto en los EE.UU. como en Uruguay vencedores y vencidos demostraron una madurez cívica digna de imitar
En política hay rivales circunstanciales, no enemigos permanentes. Menos aún si se trata de dos precandidatos enfrentados en las elecciones internas de un mismo partido. La refriega, con críticas personales y hasta acusaciones hirientes, no puede exceder una campaña en particular. Superada esa instancia, el perdedor se pondrá a disposición del ganador y, acaso como sucedió con los partidos mayoritarios de Uruguay, será invitado a ser compañero en la fórmula presidencial. Esa integración permite encolumnar al partido detrás de un proyecto común en lugar de persistir en diferencias que, como los rivales, deben ser circunstanciales.
La sorpresa vino después de las elecciones generales en los EE. UU. con la incorporación de la senadora y ex primera dama Hillary Clinton como secretaria de Estado. Resultó ser más que eficiente, así como efectiva en forjar una alianza creíble.
En poco menos de un año y medio de gobierno, Hillary ha demostrado “ser una entusiasta jugadora en equipo y una defensora incansable del gobierno, siempre respetuosa con Obama y cuidadosa de que su marido, el ex presidente, no quite protagonismo a su jefe”, observó The New York Times . Obama, a su vez, también ha sido muy solícito con ella y, en alguna ocasión, hasta adoptó algunas de sus posiciones, frecuentemente más drásticas. Entre ellos se dicen en broma que son “amienemigos”. Por la dureza de su carácter, Hillary parecía propensa a tomar decisiones propias, no a ejecutar las ajenas. Demostró que puede hacerlo.
Tanto en los Estados Unidos como en Uruguay (donde José “Pepe” Mujica llegó al gobierno con su ex rival Danilo Astori como vicepresidente) no sólo el partido resulta beneficiado, resulta beneficiado el pueblo, seguro de que dos dirigentes pueden tener grandes diferencias, pero no dejan dudas sobre la prioridad que comparten: el país. Ese espíritu compartido relaja tensiones, ayuda a gobernar y, sobre todo, despierta confianza hacia adentro y hacia afuera de las fronteras nacionales.
A Hillary y Astori les conviene que a Obama y Mujica les vaya bien si pretenden aspirar nuevamente a ser candidatos presidenciales; a Obama y a Mujica les conviene que Hillary y Astori realicen excelentes gestiones para descansar en ellos. Esto es lo normal, incluso entre vencedores y vencidos en elecciones presidenciales. ¿O acaso en Chile, tras la primera derrota de la Concertación en dos décadas, el nuevo presidente, Sebastián Piñera, demonizó las gestiones anteriores y, desde la acera de enfrente, los derrotados auguraron la quiebra del país por haber cedido el poder a un presidente con más visión empresaria que política?
Está claro en ese caso y otros que a nadie le conviene que al país, cualquiera que sea, le vaya mal. Esta es quizá la principal lección que deberíamos incorporar los argentinos a la luz de los desencuentros del matrimonio presidencial con sus respectivos vicepresidentes. Si Néstor Kirchner llegó a prohibirle a Daniel Scioli, ahora nuevamente a su lado, que ingresara en el despacho de la Casa Rosada en su ausencia del país, lo cual significaba el ejercicio de la presidencia, Cristina Kirchner fue aún más lejos con la suspensión de un viaje a una potencia tan importante como China por la desconfianza que le creaba Julio Cobos.
A oídos de cualquiera, en especial del gobierno chino, una excusa semejante se acerca más a un capricho adolescente que a una decisión política. Es incomprensible. Como incomprensible es, también, que no se convoque en ningún momento a la oposición en reuniones en las que no debería faltar y se insista en satanizar un pasado que, en verdad, no fue culpa de unos u otros, sino de todos y, a falta de recursos, desplaza en forma sistemática el necesario y nunca agotado replanteo sobre el futuro al que aspiran todos los argentinos, no un sector o un grupo en particular.
Sería bueno considerar los ejemplos de Obama y Mujica, así como los de Hillary y Astori. En ambos casos, vencedores y vencidos han demostrado una madurez cívica y un patriotismo que excede con creces los discursos grandilocuentes y los elogios autoprodigados. Si la clase política argentina ha visto ambos fenómenos como hechos positivos, ¿qué le impide imitarlos?
Editorial IDe adversarios a aliados
Tanto en los EE.UU. como en Uruguay vencedores y vencidos demostraron una madurez cívica digna de imitar
> Ir a la notalanacion.com | Opinión | Lunes 12 de abril de 2010

