Arriando la bandera del consenso
Por Julio Burdman La cuestión del “consenso” se convirtió en un elemento dominante del discurso político de los últimos años de la era Kirchner, en particular desde la crisis del campo. Su uso estuvo asociado a otros significantes y enunciados como “diálogo”, “acuerdo”, “pacto de la Moncloa”, “políticas de estado” o “abrazo Perón-Balbín”, que pudimos leer hasta el empalagamiento en las columnas de los principales medios de comunicación. Todos ellos formaron parte de un eje discursivo que buscó plantear una diferenciación con el oficialismo. Pero el triunfo de Ricardo Alfonsín en la interna radical y el posterior relanzamiento del peronismo federal, hechos vinculados entre sí, seguramente derivarán en un reacomodamiento de los ejes discursivos: el “consenso” comenzó a perder sentido estratégico. Fue el discurso de la oposición, y resultó sin dudas eficaz para trazar una identidad contrapuesta al eje de la “confrontación”, con el que en quedó asociado al kirchnerismo. Como significante, el “consenso” tuvo la poderosa virtud de agrupar e identificar a todos sus emisores. Así, cuando alguien decía “consenso” o alguna de las otras palabras asociadas, el destinatario del mensaje sabía que estaba frente a un opositor a los Kirchner. Hablando de consenso y acuerdo, antiguos oficialistas enviaban señales de que se estaban por pasar al peronismo disidente; lo mismo aplicaba, por caso, para las homilías del cardenal Bergoglio o las metáforas del rabino Bergman. Pero más allá de su eficacia como cédula de identidad, el paradigma del consenso no elaboró suficientes contenidos. La idea del consenso suponía algo más que una actitud comunicacional, pero ese techo no se perforó. Nunca quedó del todo claro cuáles eran esos consensos a los que se necesitaba arribar. Aunque se planteaba la necesidad imperiosa de hacerlo. De hecho, de tanto repetirse, se logró instalar en un sector importante de la opinión pública la idea errónea de que Argentina es un país sin consensos. Por el contrario, Argentina es un país con consensos extendidos en muchas cuestiones centrales. Si seguimos los debates públicos de las democracias de Europa y América del Norte, vemos que sus sociedades y dirigencias están verdaderamente divididas en algunos contratos fundamentales. Estados Unidos está partido en dos acerca de quién paga los costos de la salud pública y la seguridad social; lo mismo aplica para su viejo dilema entre intervenir en el mundo, o aislarse de él. En Gran Bretaña, una mitad quiere estar en Europa y otra fuera de ella. España, Italia y otros países católicos no saben qué hacer con el matrimonio gay, el aborto y otras tendencias combatidas por la Iglesia. Varios países del centro y norte de Europa se debaten entre la integración de sus inmigrantes, o el cierre de sus fronteras. En Argentina, en cambio, hay mayores consensos de lo que usualmente se cree en lo que hace a la función del Estado, las políticas exteriores y de defensa, la integración regional, los debates morales, la población o la tolerancia. Más bien, podríamos agregar, sufrimos por aferrarnos a nuestros “consensos”, como ocurrió con los sucesivos “modelos económicos” del último siglo, y por nuestra dificultad para resolver colectivamente los conflictos distributivos y de poder que siguieron al derrumbe de ellos. Los pocos contenidos que el paradigma del consenso fue capaz de enunciar, eran los objetivos comunes de un no-kirchnerismo heterogéneo frente a la amenaza de continuidad. Es que en el plano coyuntural, junto a la diferenciación el eje del consenso tuvo un segundo contenido estratégico: gestionar la posibilidad de una alianza opositora que pudiera enfrentar a un kirchnerismo que era la primera minoría, y que por esa razón perdía si el no-kirchnerismo se aglutinaba. Muchos rechazaban la hipótesis de este acuerdo, como Carrió, y fue cobrando forma de clivaje intra-opositor. Pero había una alternativa que representaba el consenso en su doble faz, de paz y de pacto: Julio Cleto Cobos. El fue el que puso fin al conflicto del campo, y el que podía liderar una oposición de unidad nacional con el apoyo de radicales y peronistas. Esto fue, en buena medida, lo que estuvo solapadamente en debate en la interna radical que se celebró días atrás: profundizar el Acuerdo Cívico y Social (Alfonsín), recuperando la sociedad con la Coalición Cívica, los socialistas y el votante panradical, o abrir las puertas a un apoyo de los candidatos peronistas disidentes en las provincias. La movida del peronismo federal a los pocos días del triunfo de Alfonsín confirma que, por ahora, esta hipótesis pasa al archivo.

