Día de la música
Uno de los mejores momentos sexuales de mi vida lo tuve mientras sonaba “cualquier color que te guste” de “El Lado oscuro de la luna“.

La canción más triste que escuché en mi vida fue “vestida de novia“. Me la cantaba Palito Ortega todas las tardes cuando mamá me bañaba y me ponía la ropita de salir para que yo anduviera en la vereda sólo después de que pasara el camión regador porque si no, no quieras saber el barrial que se hacía. Y en la propaladora Palito cantaba “Y te vas, al cielo vestida de novia te vas / y un coro muy triste de ángeles entona la marcha nupcial”. Hasta que fui medio grandecito creía que la que había muerto era una chica del pueblo que yo había visto vestida como novia.
En un baile memorable del Club “Los Ranqueles” de Catriló vi en vivo a Los Iracundos con su formación original. Me puse debajo del micófono y Eduardo Franco cantó para mí “Va cayendo una lágrima”, “Puerto Mont” “La plaga” y todos sus éxitos.
El impacto de esa noche sólo fue superado en 1992 cuando en el Gimnasio de Obras Sanitarias apareció Ron Carter tirando el solito de su inmenso contrabajo, junto a Herbie Hancock. Wayne Shorter, Tony Williams y Walace Rodney.
El otro día volví a escuchar “Al ponerse el sol” de Raphael y recordé con una fidelidad asombrosa la casa donde nací y viví hasta que me vine a Buenos Aires. ubiqué con exacta precisión cada una de las goteras, escuché a papá con la máquina de flit, apareció de nuevo ese póster de Virna Lisi que había pegado en la pared mi hermano. Raphael cantaba y me veía en ese campo choreando cabezas de girasol con mi viejo, que luego me enseñó a tostarlo en la plancha de hacer los churrascos.
Cuando debuté como Disc Jockey, a los 14 años en “Sirucho’s“, el boliche de mi pueblo, puse como tema “movido” “América” de Paul Simon en versión de Yes. La muchachada se cruzó de brazos en la pista y subió el Ruso a las puteadas que manoteó “El toro enamorado de la luna” de Industria Nacional y me armó la pila para que pasara con “El cumbanchero” y otras perlitas un poco menos sinfónicas…
Mi esposa incurrió en el error de muchas las minas que siguen sin aprender que nunca hay que decirle al tipo que están conociendo que les gusta el jazz. Pobre… yo andaba como loco con la versión de The Duke que grabó Irakere en el Ronnie Scott de Londres y se la hice escuchar, primero sin cortes (dura 19 minutos) y luego explicando meticulosamente cada parte del solo de Chucho Valdés.
Mis hijos se divierten viendo cómo llevo el ritmo con el pie cuando escucho música , muevo levemente el cuerpo y exclamo de de vez en cuando un “Saborrrrr” “Esaaa” o cositas por el estilo. Es que no concibo otra forma de escuchar si no es poniendo el cuerpo.
Cuando me enfermé mal de jazz (estuve internado más de un año) casi perdí a mis amigos de entonces. De un día para otros me parecía que había que romper todos los discos de rock, por ejemplo. El jazz genera una adicción medio autista que te saca del mundo normal. Hay dos cosas que te pueden alejar para siempre de la vida en sociedad: El jazz y el Ajedrez, definitivamente. Si llega a coincidir que por ejemplo estás incursionando en el aprendizaje de la Variante Najdorf de la Defensa Siciliana y justo empezás a escuchar a Thelonious Monk, lo más probable es que te pase por arriba el tren o un 60 porque flotás por las calles de la ciudad pensando y repensando en la estratégica casilla D6 y en la lógica del solo de Thelonious en “Epistrophy“.
He pasado largas horas escuchando música con Raúl Carnota; he escuchado bateristas con Néstor Astarita y discutido sobre cantantes con Marián Farías Gómez. Entrevisté varias veces al Chango, le hice una nota inolvidable a Dori Caymmi y una tarde en el galpón que tenía en su casa Verónica Condomí al verlo a Javier Mallosetti boludear con un Cuatro venezolano destartalado le dí la orden marcial “So what” que fue acatada con disciplina militar por Javier que al toque empezó “To ton to ton to to to to Paamm pam / to ton to ton to to to to Pamm pam”
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