Jorge Fernández Díaz, un sutil desorientado
La idea de estos “inteligentes” es que las cosas buenas que han pasado se han desencadenado porque era inevitable, porque una mezcla de providencia con “viento de cola” generó un estado de cosas que sin ser perfecto ha bastado para que el país esté mucho mejor que ocho años atrás. Leyendo a Fernández Díaz se descubre también otra idea, muy trabajada por las usinas de la reacción: que marchamos indefectiblemente al precipicio, que esta relativamente buena situación que atraviesa el país sería algo así como esa calma chicha que precede a la feroz tempestad. De este planteo se desprende un ramillete de razonamientos patéticos que tienen un común denominador en el supuesto de que el crecimiento de la actividad económica, de las inversiones y del turismo en realidad se debe a que la gente “se resguarda” del tsunami que acecha a la vuelta de la esquina. Nadie explica porqué ahora se venden más autos que antes ni porqué se engrosan los contingentes de turismo. La paupérrima explicación que da el dispositivo mediático es que todos se cubren de un inminente desbarranque que nunca llega.
Así les va…
Claro, en el fondo nuestro sutil escriba repite este concepto pues le cree a los mismos que en 2002 pronosticaron un dólar de 9 pesos. No logra salirse de una lógica, de un análisis que a veces me da por pensar que es el meollo del permanente dislate del complejo mediático-político opositor. No se dan cuenta que el mundo y el país cambió, que muchas cosas ya no son como eran antes. No se dan cuenta o lo ven pero emulan al avestruz, nunca me queda claro. Nunca me queda claro, tampoco, cómo los mismos sectores que hacen negocios fabulosos y obtienen grandes beneficios, con expectativas de largo plazo más que alentadoras, siguen diciendo “laucha” cuando leen “rata” ¿Cómo hacen muchos grandes empresarios para seguir pagando fortunas a consultoras que les presagian desastres que luego no acontecen? No me lo explico…
De lo que no hay dudas es que sólo merced a un diagnóstico muy desacertado se pueden cometer tantos errores. El establishment se ha quedado sin cuadros, es evidente, se han secado las cabezas que otrora componían un relato que encolumnaba al país y están echando mano a chapuceros. Basta verlo a Luis Majul en el staff de columnistas del legendario diario de los Mitre para corroborarlo.
Pero entre tanta miopía, lo que colegas como Fernández Díaz parecieran no advertir es que pese a las limitaciones –que las tiene- el kirchnerismo no deja de estar en el centro del escenario político, dando incluso muestras cotidianas de una vitalidad no vista en las últimas décadas (no deja de arrimarse gente a sus espacios) demostrando que están pasando cosas que van mucho más allá del núcleo duro K. Es que el kirchnerismo fue el gran despertador de la política argentina, por eso sigue juntando cada vez más gente. Y no es que esas personas no se preocupen por la inflación, por el 400 % del aumento de la carne ni por la inseguridad, no, en absoluto. Es gente tan preocupada como esa señora que llama a Magdalena y termina su mensaje con un “Por favor, yo no sé adónde vamos a ir a parar” Esa gente que se arrima al kirchnerismo y que no sólo son pibes (hay muchos espacios creciendo con personas de 50/60 años) comparte las mismas preocupaciones que todo el mundo, sólo que tiene un diagnóstico distinto y fundamentalmente tiene muy pero muy claro qué es lo que no hay que hacer, adónde no hay que volver. Ahí es donde se hace la gran diferencia a favor del proyecto liderado por Cristina.
Lo que no pueden responder desde La Nación es porqué el kirchnerismo está tan pero tan vigente. Porque se niegan a asumir que ya no es algo de cuatro o cinco dirigentes maquiavélicos sino una corriente de pensamiento, una postura, una decisión de infinidad de argentinos que despertó de un pronunciado letargo y no está dispuesta a que los acontecimientos se sucedan sin tomar partido. .

