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LA CARNE COMO ARMA



Que Carrió asegure que la Presidenta “atropelló a todas las instituciones” carece de impacto. Pocas personas prestan atención a las constantes, repetidas, cansadoras admoniciones de esta mujer. Algunos pocos, repararán en la contradicción que genera el hecho de que denuncie con semejante furia a un gobierno democrático habiendo sido, en su momento, funcionaria silenciosa de una dictadura criminal. ¿O no es, en realidad, una contradicción, sino que es perfecta coherencia? Carrió no amenaza a UN gobierno, sino que amenaza a la democracia nacional. Como quedó claro en estos días, nadie (ni siquiera gorilas de pelaje similar al que ella luce) está a salvo de sus invectivas mediáticas. Lo dicho: ya no tiene impacto. Será, en todo caso, un arma más de los poderes suprapolíticos, ocultos a la vista del ciudadano, en la persecución de sus objetivos.

Los frentes de ataque al Gobierno se caracterizan por ser abarcativos. Los diseñadores de las estrategias opositoras comprendieron hace rato que deben atacar en todos los niveles de la vida pública y privada de la sociedad civil. Y está claro desde hace rato que la táctica cambió: ante la embestida frontal, el Gobierno no cede. Por eso es que el generalato corporativo, el dispositivo mediático y sus soldados políticos han comenzado a atacar por la base.

No es nuevo. Pocas cosas resultan novedosas. En realidad, la política argentina tiende a la repetición cíclica con alarmante asuiduidad. Cotejar las posturas ideológicas del Rejunte en 2010 con las de la Unión Democrática de 1945 es un ejercicio divertido aunque previsible. Lo es más, cuando se compara el actual movimiento opositor con el rejunte triunfante de 1955. Están cortados por la misma tijera, provienen de la misma matriz y defienden los mismos intereses.

En estos días se han leído en los diarios corporativos diversos intentos editoriales de desactivar la obvia comparación entre el Rejunte modelo 2010 con el Rejunte modelo 1945. No es casual. Como diría el compañero MOO, nada lo es. Así las cosas, la estrategia y táctica del ataque al Gobierno popular puede rastrearse en el golpe de mercado sufrido por el presidente Alfonsín y en otros tantos momentos en que los poderes fácticos de la Argentina, asociados con los poderes fácticos del exterior, perdieron la paciencia con los tiempos de la democracia.

El monopolio informativo más grande del pais es una pequeña dictadura. en sí mismo Nadie puede pensar seriamente que cientos y cientos de personas, empleados en los diferentes medios del grupo, dan forma a la feliz casualidad de que todos piensan de la misma manera y que esa manera de ver las cosas coincide, también felizmente, con los intereses del CEO de la empresa. No es privativo del monopolio más grande: monopolios menores apuntan a lo mismo. Hoy daba Orlando Barone un buen ejemplo de esto: el libro “¿Qué les pasó?” de Ernesto Tenembaum coincide con los intereses y necesidades coyunturales de Héctor Magnetto, el libro de Luis Majul se ajusta con los intereses y puntos de vista del grupo Vila-Manzano-De Narváez y el de Edi Zunino con los de Jorge Fontevecchia. Todo sería, como decía Carlos Me*em, la “casualidad permanente”.

Esta prohibición virtual del disenso, que recuerda tanto al “credere, obbedire, combattere” de Benito Mussolini, propone el mismo objetivo que aquella vieja máxima del Duce: en la guerra no hay lugar para dudas. La duda, decía el alzado Rico, es la jactancia de los intelectuales.

Los periodistas con firma de los principales medios no dudan. Desempeñan su papel sin cuestionamientos. Escriben descerrajando el rosario repetido que baja de las gerencias. No le hacen asco a nada.

El diario Clarín propone hoy una de sus clásicas manipulaciones, cuyo primer círculo de víctimas reside en su propia clientela. En su momento, obligó a estos a convencerse de que es justo que paguen cada vez más por el servicio de televisión por cable, aunque la empresa les cobre por un servicio diferencial que ya no brinda, como es el fútbol. Mención especial para el juez que falló a favor del monopolio en una alarde de independencia judicial que fue encomiado por los empleados del grupo. ¿Habrán comprendido los clientes de Clarín y sus satélites que si el mismo juez hubiera fallado en contra (o sea, a favor de los consumidores) se hubiera convertido en un “juez K”, cooptado por la CAJA?

Del mismo modo, plantea hoy el tema de la carne. Como un arma más en la prosecución de sus objetivos políticos, el diario del monopolio presenta la suspensión de exportaciones cárnicas por parte del Gobierno (medida cuyo objetivo obvio es volcar el producto al mercado interno en una cantidad que obligue a bajar los precios, valiéndose del libre juego de oferta y demanda) como una medida negativa. No sólo asume la representación de los productores, quienes iniciaron la escalada de precios al retener el ganado en pie para engordarlo con los pastos nuevos y abundantes resultado del período rico en lluvias. No sólo eso, sino que manipula al lector, mención de Moreno mediante, para convencerlo de que se trata de una medida negativa. Y desanima cualquier expectativa asegurando arbitrariamente que tal medida “tardará” en impactar en los precios al consumidor.

Este es, hoy por hoy, el “gran diario argentino”: un fascículo vocero de intereses corporativos, que asume de movida la poca inteligencia de sus clientes. Clarín, como todos los medios opositores, sabe de sobra que la única situación que NO PUEDEN PERMITIR es dar buenas noticias económicas. Por más que las perspectivas en este rubro sean excelentes, por más que tengan sus páginas plagadas de publicidades que dan cuenta del regreso de planes de cuotas de larguísimo aliento, que indican las buenas previsiones que genera la economía nacional. Saben que si dejan de crear “clima negativo”, están perdidos. Porque, en definitiva, en última instancia, por fuera de la cháchara atronadora de los operadores periodísticos, del constante desánimo al que someten a la sociedad argentina, al final, el pueblo sabe si está mejor o peor.

Nadie, salvo algún pobre idiota, necesita que Clarín o La Nación le digan cómo le va en la vida.

Y ese factor es, justamente, el punto cero de su derrota.

MP

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