LOS DÍAS DE LA PATRIA LIBERADA
Para el 11 de marzo de 1973, hacían ya once días que había cumplido mis siete años. Las imágenes que tengo de aquél tiempo son vertiginosas. Aún así, son curiosamente cercanas, vívidas. Los fragmentos de la emoción de esos días, las voces, la alegría, los nervios están intactos en mi memoria. Será, tal vez, porque viví aquellos días en el medio de la agitación frenética que se había largado el año anterior, después del primer regreso del general Perón a la Patria.
No solamente tengo en la cabeza el jingle de la campaña que terminó consagrando Presidente de la Nación a don Héctor J. Cámpora (“Cámpora y Solano Lima, los hombres del Frente y de Perón”) sino las noches de pegatina de carteles, en una camioneta de algún compañero de la Unidad Básica donde militaba mi viejo, allá en la Circunscripción 21, calle Andalgalá esquina José Enrique Rodó, en la gloriosa República de Mataderos.
Será que me estoy poniendo viejo, pero recuerdo caras y voces como si estuvieran aquí. Recuerdo las peñas, las noches de verbena en la Unidad Básica, los asados, la visita al Aeropuerto de Ezeiza en un micro escolar para ver el lugar en el que el General había vuelto glorioso a liberar la Patria.
Recuerdo la felicidad.
Porque era eso. Cuando el pueblo eufórico cantó en la plaza “se van, se van y nunca volverán” refiriéndose a la dictadura militar que se retiraba con Lanusse a la cabeza, nadie pensó que esa euforia iba a durar lo que un suspiro. El futuro era oscuro, pero nadie entonces lo sabía. El momento era la absoluta alegría. Se respiraba peronismo, los gorilas del barrio estaban escondidos, aterrados. La Patria Liberada estaba allí, al alcance de la mano. Qué lindo, qué lindo, qué lindo que va a ser, el Tío en el Gobierno y Perón en el poder.
Por eso hoy los recuerdo a todos, aunque algunos nombre se me escapen o confundan. Yo, que era una de las mascotas de la Básica, que me la pasé alzado en hombros de un compañero a otro, que salía en las fotos con los dedos de la mano en rigurosa V, que participé de aquél momento hermoso e irrepetible de la vida, los recuerdo hoy. A los que están, quizás por allí; y a los que no, como Rodriguez, un cumpa al que desaparecieron cuando llegó 1976 y empezó la verdadera pesadilla. Ese compañero jovencito y de grandes bigotazos que nos enseñaba a los pibes a cantar que con los huesos de Aramburu íbamos a hacer una escalera para que baje del cielo nuestra Evita montonera.
Porque esa es, quizás, la historia que importa. La que se escurre de los libros, la que queda adentro de uno y que con uno, se irá algún día. Porque por fuera de las letras muertas de la historia escolástica que se enseña en los libros, está la vida, la pasión, la alegría y el amor de miles y miles de argentinos que sintieron, en aquellos días gloriosos, que todo era posible. Que con Perón en la Argentina no había nada que no se pudiera lograr, que llegaba un tiempo de justicia después de tantos años de persecución y de maltrato. Que Dios nos había regalado, como país, una segunda, hermosa oportunidad de ser libres, justos y soberanos. De volver a sentir orgullo de ser quienes éramos y de volver a soñar con los años por venir.
Y hoy, tanto años después, al cabo de tanta muerte, de tanto dolor, de tanta frustración, todavía estamos acá, de pie. Todavía salgo en las fotos haciendo la V, todavía creo que tenemos el futuro en nuestras manos. Y cuando miro a Cristina, y cuando miro a mis compañeros, a los que luchan todos los días, a los queridos que tanto me recuerdan a aquellos otros que conocí cuando sólo tenía siete años, no puedo sentir otra cosa que agradecimiento.
Y un orgullo que me cierra la garganta.
MP




