Mi primera marcha

Hoy se cumplen 28 años de esa tarde tan soleada y calurosa como ésta cuando en la puerta de Radio Continental nos encontramos con Ana y fuimos a la marcha de la Multipartidaria. Tenía 22 años y hacía unos pocos meses que había llegado desde mi pueblo con la intención de estudiar para operador de radio. Una tarde me apersoné en LS4 porque Luis González, operador de la emisora, era de Salliqueló, un pueblo cercano al mío. Me aparecí a contarle de mis sueños y hubo onda, por eso empecé a ir muy a menudo a la radio, a verla por dentro, a cruzarme en los pasillos con Magdalena Ruíz Guiñazú o Jorge Vaccari. En esa época estaban a la mañana Silvia Puente y Carlos Burone. Julia Bowland era locutora de piso. El negro Guerrero ya mandaba el programa grabado. En ese pasilleo de Continental aprendí los principales conceptos de lo que sé de radio. Ahí lo ví hacer mesa al gordo Santos, mandando la tanda a cassettes en punta, jodiendo al mismo tiempo, elogiando la voz de Julia Zenko y discutiéndole a todo el mundo que Jorge Navarro es un pianista de la ostia. Y ahí también conocí a Ana, que me llevaba varios años y me ayudó a conocer muchas cosas, por ejemplo, a que perdiera la “cosita” que me daba ir a las marchas. Finalmente ese 16 de diciembre fuimos y para mí fue algo conmovedor, tanta gente, tantas banderas, tantos cantos. En un momento Ana me pidió que nos fuésemos porque se empezó a sentir mal. Tiene un compañero desaparecido y eso la pudo aquella tarde. Recuerdo que llegando en bondi a Villa Pueyrredón, vio en un kiosco un diario La Voz con una de las primeras listas de desaparecidos que se empezaban a publicar, me agarró del brazo y corriendo se arrimó a la puerta de atrás, se prendió al timbre frenéticamente y el chofer paró. Bajamos, ella adelante y yo corriendo atrás, llegamos al kiosco, manoteó el diario y empezó a recorrer el listado mientras sus lágrimas caían cada vez con más fuerza. Y yo tratando de entender qué carajo tenía que hacer, si abrazarla o quedarme al lado como en un velorio, yo con mis 22 rozagantes años, el disc jockey de moda de Tres Lomas y aledaños en un barrio porteño un atardecer de diciembre haciendo un curso aceleradísimo de aprendizaje y concientización.
Con Ana aprendí muchas cosas en largos viajes de colectivo y en noches interminables. Me hizo soltar amarras, me hizo decidirme por seguir siendo el flaquito con su noviecita en el pueblo o animarme a instalarme a vivir en la gran ciudad con todo lo que eso representa. Me enseñó que el ambiente de la radio, como casi todos, es bastante jodido, que no todos los que te sonríen son sinceros y que la vida en la ciudad reclama una serie de defensas que, viéndolo a la distancia, a veces creo que aún no he logrado levantar.
Esa tarde mataron a Dalmiro Flores, que era sordomudo, a metros de donde habíamos estado nosotros. De no haberse sentido mal Ana quizá hubiéramos recibido parte de los palos que repartió la Federal.
Buenos Aires se me presentaba en todo su esplendor, con todas sus bellezas y acechanzas.
Pasaron 28 años, parece mentira.
.

