Son los 50

Me levanté como todos los domingos, fui a comprar Página/12 y Tiempo, preparé el mate y puse música bajita para acompañar este ritual añejo que me encanta practicar. Puse Los Gatos y cuando sonó “El vagabundo” me colgué por un instante en aquella infancia, en esos 7 u 8 años, en mi hermana y mi prima Graciela que ya no está, en su madre, mi querida tía Mabel que también falleció. Vivían al lado de casa, Mabel era hermana de papá pero por sobre todo era mi madrina, un ser venido al mundo para quererme y darme todos los gustos. Cuando durante la adolescencia de Mary y Graciela sus internas arrastraron tras de sí a las dos familias, se rompió el diálogo y durante años dejaron de hablarse pero la tía Mabel rompía el hielo sólo en una fecha: los 2 de diciembre. Ese día es mi cumpleaños y para ella era un deber entrar en casa y darme el regalo. Para que las chusmas no dijeran nada ni le achacaran que arrugaba, Mabel ingresaba a mi casa a través de una puerta interior que ya no se usaba. De esa manera lograba no ser vista por Marta Gamuza o Chichí Fiol, sus grandes arpías aliadas.
La escuchaba llegar e intercambiar palabras de ocasión con mi vieja. Conversaban unos pocos minutos del clima, de cómo sería el verano que se avecinaba y alguna que otra pavadita circunstancial, hasta que me levantaba y aparecía para recibir el beso y regalo de mi querida tía, a quien quise y mucho, de verdad. El tiempo sanó esas heridas y en sus últimas horas de lucha contra el cáncer fue mi madre quien más cerca estuvo de la tía hasta que dejó de sufrir.
El vagabundo, de Los Gatos estaba, creo, como tema 1 del lado B del long play y si la memoria no me falla también acompañó al simple de La Balsa, pero no, no. La canción que acompañó a La Balsa fue “Ayer nomás” de Moris. Pero por algo ese tema me recuerda la casa de tía Mabel, a la que nunca dejé de ingresar, aún en los momentos de mayor guerra fría entre ambas familias. Mis imágenes de infancia transcurren y mucho en su casa, pegadita a la mía. El único perro que puedo decir que tuve de chico fue “Yuma” (por Yuma Joe, el tema de Sandro), era un cusquito hermoso, hijo de la perra de la familia Moscardi. Yuma fue “mi perro” aunque era de mi prima y de mi tía y vivía con ellas. Llegar de la escuela e ir a juguetear con Yuma fue una de las cosas más lindas y tiernas que recuerdo de mi infancia. Pero Yuma contrajo moquillo, enfermó y murió, ahí conocí la pena, el dolor profundo, ahí sentí por primera vez que la vida era una mierda, igual que cuando Sierra vino a informarle a papá que el tío Félix -uno de sus 8 hermanos- había fallecido electrocutado al intentar encender el motor generador de electricidad en su campo.
El Vagabundo de Los Gatos estaba en el mismo long play que “El rey lloró”, la primera canción que me transmitió la noción de qué es la felicidad y qué el poder. Ese rey lleno de todo y vacío de felicidad fue una marca indeleble en mi vida y esa canción también la volví a escuchar hace un rato, en vísperas de cumplir 50 años, acontencimiento que me está costando sobrellevar más de lo que pensaba. Entre otras cosas, los 50 son como una curva jodida, de esas que dicen que si no las embocás bien de entrada, te vas indefectiblemente al carajo . Una curva ladina y traicionera. Dicen también que la mayoría siente al visualizarla que es más jodida de lo que verdaderamente es en la realidad concreta. A decir verdad, todos los cincuentones y sesentones que conozco salieron bien parados de esa curva y puedo dar fe que la mayoría no entró en ella de la mejor manera. Muchos entraron pasadísimos, otros con un tenue impulso postrero, algunos directamente a remolque…
Y cómo entro yo en esta puta curva? Ya está, ya te lo dije al tratarla de puta ¿no? Entro muy bien en la mayoría de las cosas, pero se agigantan las falencias, lo que falta. Entro muy bien por haber criado tres hijos que son antes que nada buena gente y que a pesar de las nubes de pedo que habitan por sus edades, los tres tienen muy claro por qué en casa somos kirchneristas y porqué eso está ligado a un sueño de una sociedad sin pobreza y marginación. Eso lo tienen clarísimo. Entro muy bien por la hermosa compañera que tengo, que me banca, que me admira, me respeta y se enorgullece del programa de radio y mi blog a la vez que sigue sin hallar explicación de cómo puedo ser tan brillante para resolver asuntos complejos y tan pelotudo para vastos sucesos mundanos. Entro muy bien al tener a mis hermanos con vida y a mi vieja que está preparando su fiesta de los 90 para marzo. Entro muy bien por haber conocido en los últimos años un montonazo de gente con la que pasamos de las frías coincidencias políticas e ideológicas a un cariño personal. Cuando cerrás una comunicación telefónica con un compañero diciendo un “te quiero” es porque la política te arrimó afectos y complicidades, y eso es bárbaro.
Lo que complica cuando te arrimás a los 50 es comprobar que uno no ha cumplido con ese formato y/o mandato de arribar a ese cumpleaños con la vida resuelta, con los impuestos al día, la jubilación marchando y el título de propiedad de la vivienda en la que yace.
Lo que complica es tener que entrar a ese altillo donde todos tenemos guardadas bajo siete llaves algunas dosis de esperanza, de temple, de convicciones, de razones y de ideología, y sentir que las tiene que consumir todas ahora, ¡ya! porque si no la curva nos hace mierda. Sentir que debe gastarlo todo y temer que aún así no alcance, que no quede resto para encarar la recta que está a la vuelta.
Lo que complica es tener que ajustar los festejos a la realidad económica sin ver que podría haberse dado que ni siquiera pudiera haber planeado una choripaneada para un puñado de amigos y familiares. Complica invitar porque te ponés a pensar quienes entran en el equipo de los invitables y quienes no, por eso entendés a los ricachones que invitan de a 200, porque a fuerza de guita se sacan de encima este punteo del padrón afectivo al que indefectiblemente uno tiene que someterse.
Complica que siempre tuve pocos amigos en el sentido tradicional del término. Mamá siempre dijo que a diferencia de mi hermano Oscar yo era más “orillero”. Se refería a que cuando regresaba de la escuela me las tomaba y era usual que anduviera remontando barriletes y cazando pájaros con amigos que vivían del otro lado de la vía que es la forma en que el ferrocarril se pone marxista al demarcar los límites sociales en los pueblos. Lo real es que esa infancia libre en Tres Lomas, esa posibilidad de andar por donde se me antojara y con quien me diera la gana fue forjando una forma de ser en mi trato con la gente. Por eso no tengo casi ningún “amigo” en los términos convencionales y muchos en los términos en que los defino en base a mi experiencia.
En definitiva, complica cumplir 50. Todo sigue y queda tiempo para completar lo que falta, pero no me jodan, es una mierda.
.

