Tenembaum para leer

A través del blog de Abel me encontré con esta nota de Ernesto Tenembaum en La Nación, referida a su libro “Qué pasó”, donde analiza el derrotero del kirchnerismo.
Creo que los tiempos que corren sugieren repensar mucho de lo que ha ocurrido en la política argentina desde el 2001 a la fecha. Creo también, como Abel, que Tenembaum es uno de los periodistas más sagaces de este tiempo. Por supuesto que tengo serias diferencias, pero no es lo mismo que, por caso, Marcelo Bonelli. Hay una diferencia de peso teórico e ideológico inmensa a favor de E.T.
A Tenembaum hay que cruzarlo en el diagnóstico porque para esto tiene una capacidad similar a la de Jorge Lanata, con quien no casualmente convivió profesionalmente casi 20 años. En toda polémica, en toda nota donde ya de antemano se sabe cuál va a ser el párrafo final, siempre se diseña un diagnóstico lo suficientemente útil como para desarrollar un texto que desemboque en ese latiguillo que ya tenemos definido. Ahí es donde hay que darle la discusión pues más adelante es casi imposible encontrar argumentos lo suficientemente sólidos como para refutarlo.
Veamos a modo de ejemplo cómo Tenembaum diseña un diagnóstico en esta nota que estamos comentando:
“Los Kirchner inauguraban su segundo mandato en condiciones que ningún otro gobernante había disfrutado en toda la historia democrática argentina. A saber:
No debían enfrentar ninguna amenaza de golpe de estado, como ocurrió con casi todos los gobiernos democráticos anteriores, incluido el primero de Carlos Menem.
No existía perspectiva de crisis financiera o inflacionaria, como le ocurrió a todos, absolutamente todos los gobiernos, democráticos o no, desde el segundo de Juan Domingo Perón.
Tenían un control absoluto de ambas cámaras del Parlamento.
No existía una oposición estructurada. La debacle radical de 2001 había generado una especie de archipiélago que se nucleaba alrededor del prestigio personal de algunos líderes. De esas fortalezas y esas carencias surgieron, por ejemplo, los radicales K. y su máximo referente, el vicepresidente Julio Cleto Cobos. Así las cosas, todos los radicales que gobernaban y casi todos los peronistas se alineaban con la Casa Rosada.
Los sectores empresariales acompañaban las campañas políticas del Gobierno.
Por si fuera poco, parecía no haber límite para los Kirchner en su deseo de permanencia en el poder. Y en las encuestas, el respaldo popular que recibían era sólo comparable al de Juan Domingo Perón”
En estos puntos, hay omisiones varias que por supuesto inciden en el diagnóstico. No se menciona la tensa y contradictoria relación del kirchnerismo con el multimedios para el que él trabaja –dato por cierto determinante- como tampoco que ya en 2007 se perfiló un voto marcadamente opositor en los grandes centros urbanos como Mar del Plata, bahía Blanca, la propia ciudad de Buenos Aires, Rosario y Córdoba. Respecto a que la oposición estaba desestructurada, podríamos llegar a decir que hoy sucede exactamente lo mismo y que lo único que la contiene y encolumna es la presión básicamente de Clarín y la Mesa de Enlace. No se alude a que en buena parte de la sociedad ya por 2007 empezó a campear fuertemente la idea de que habíamos salido del infierno y que por ende se imponía volver a los trazos gruesos de los noventa. No se plantea en estos puntos que la hegemonía ideológica del menemismo resultó ser muchísimo mayor a lo supuesto con todo lo que eso implica en términos de influencia política.
Siguiendo con el diagnóstico que tira E.T podríamos decir que en la realidad concreta, la que vivimos todos nosotros –porque esto ocurrió hace menos de tres años- nunca se verificó en los hechos esa imagen de un gobierno que llegaba con absolutamente todas las cartas a su favor. Latía un gran movimiento defenestrador que se activó por ese grave error de apreciación que tuvo el gobierno de Cristina respecto a la cuestión agropecuaria y de ahí en más se fueron sucediendo una serie de errores que culminaron consumando la derrota de Néstor Kirchner en junio/09. Luego sobrevino un semestre de renacimiento –o un estertor, según cómo se lo mire- y ahora estamos en un período donde se hace realmente cuesta arriba avizorar cómo será el desenlace. De lo que sí no hay duda es que será complejo y no exento de turbulencias.
Pero así y todo, por sobre las diferencias puntuales y profundas, creo que leerlo a Ernesto Tenembaum es un ejercicio saludable para todos aquellos que seguimos pensando en la política básicamente como un elogio de la inteligencia.
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