Homenaje a un Joven de 70 y pico…
Juan Carlos es ese tipo de persona generosa que comparte su poesía para que la disfrutemos, asomándonos a profundas reflexiones, fruto de su estudio, a su aguda observación de la vida y la calle, fruto de su militancia en la causa nacional y popular y sobre todo al dificilísimo arte de expresar con poesía, las profundas causas de una dolorosa realidad.
Por eso, Juan Carlos es un ejemplo para los que todavía no queremos volvernos viejos y para que, los que tienen pocos años, no envejezcan. No son las canas lo que nos vuelven viejos, es nuestro espíritu, y Juan Carlos de eso sabe mucho.
Pero no estaría completo un homenaje a él sin hacer mención a su alter ego, Martín Airón, de quien mas que decir algo, mejor es disfrutarlo.
Un enorme abrazo, mi joven compañero Juan Carlos Alecsovich
por Martín Áiron
Estamos todos enfermos, enfermos, “fermos”, cerrados
prisioneros del pecado, bajo el peso del desliz
de “no saber ser feliz” como Borges ha expresado.
Parecemos atacados por un sombrío pesimismo,
por el peso de “sí mismo”, por la inmensa soledad
de buscar la “libertad” a través del egoísmo.
Salvaje individualismo, competencia encarnizada,
la “yoidad” que es expresada por la evasión del consumo
mientras se convierte en humo la Felicidad buscada.
“Poder” que no puede nada. poder del Yo sobre el Nos.
Poder que “imagina” un dios, aunque Dios sea algo tan cierto
que en vez de juzgarnos muertos nos ama probándonos.
Si el “Yo” y el “Tú”, en vez de dos, asumieran la “Unidad”
y vieran la “Humanidad” como algo que nos contiene,
cada cual sabría que tiene, en ella, su Eternidad.
Ser “con Otros”: LIBERTAD. Ser “en el Otro”: Conciencia.
Hallarse en “Otros” : Presencia. Amarse en “Otro” : Piedad.
Sentirse el “Otro” : Humildad. Darse con Fé : Independencia.
No alardear de nuestra Ciencia que es tan sólo un artificio,
emergente y subrepticio del “poder” que nos corrompe
y una Armonía que se rompe con paganos sacrificios.
El “juicio” adorando al “Juicio”. La corrupta muchedumbre
reprimiendo, por costumbre, lo que siente el corazón…
Y endiosando a la Razón que maneja podredumbre.
Infierno como obra cumbre. Campanas como señuelos
de un mísero y pobre Cielo que es como un salvoconducto
para implacables corruptos que lo administran con celo.
Lo Sagrado a contrapelo de la única Verdad,
convertida en “propiedad” por la absurda irreverencia
de explotar nuestra inocencia prometiendo Eternidad.
Y en la cruel impunidad del sacrílego entimema
creer que Dios es un teorema que se puede demostrar
mientras nuestro astro solar humildemente se quema.
Jueces, juicios, anatemas, torturas, inquisiciones…
Envilecidas legiones de arcángeles vengadores
o demonios represores clausurando corazones.
Santidad para adulones y fanáticos conversos
que por caminos diversos adhieren a un fanatismo
donde el pensar por sí mismo es un pecado perverso.
Mientras tanto el UNIVERSO, visto en toda su grandeza,
con su imponente belleza, silente, mirándonos,
nos dice mudo: SOY DIOS… ¡Pero no entro en tu cabeza!
Educación, la primera escuela
Si dejamos de lado los problemas socioeconómicos de exclusión social y las deficiencias estructurales del sistema educativo, y nos concentramos en sectores medios de la sociedad, o sea sectores “incluidos” con acceso a la educación como fuente de educación y no de alimentación, nos encontramos con un fenómeno ampliamente reflejado por los medios: las crecientes trasgresiones a todo tipo de normas de convivencia, morales e incluso conductas delictivas.
Lo que se aprecia en el comportamiento de estos jóvenes y adolescentes, es que su conducta es el reflejo de la educación en el seno del hogar y no es fruto de la educación dada por la institución a la que asisten, por ende los hechos que producen, deben analizarse como fruto de carencias de la educación recibida en el seno del hogar. Los hechos que se dan a publicidad podemos agruparlos en tres categorías: de naturaleza sexual, de naturaleza disciplinaria (con familiares interviniendo) y de violencia.
Si bien estos hechos deben analizarse desde disciplinas como la psicología y la sociología, surgen algunas preguntas cuyas respuestas podría ayudarnos como sociedad a buscar causas y a partir de allí tratar de encontrar soluciones, que dado la naturaleza del problema que enfrentamos no tendrán solución inmediata.
Comencemos con los casos de adolescentes embarazadas, la filmación de escenas de sexo entre adolescentes mostradas en Internet y la violación de menores por otros menores. Parecería que el común denominador es la educación sexual, pero no la impartida por el sistema educativo, sino la que se enseña en el hogar, la que proviene de la conducta de los padres, los abuelos y los tíos o adultos que conforman el núcleo familiar. La primer pregunta que me surge es: ¿que valor transmite a sus hijos una pareja que se formó por un embarazo?, no hablo de una pareja que existía no formalizada (largos noviazgos, convivencia, etc.), sino la que se forma a partir de un embarazo no deseado que se lleva adelante como forma de brindar al niño un mejor ámbito de crecimiento y que condiciona a dos personas a convivir como pareja sin ser este su proyecto de vida. Ese ejemplo, ¿no puede interpretarse por parte del joven adolescente como una forma de “retener o comprometer” a otra persona por la que se siente atraída y con la desea establecer una relación duradera, aunque esta no sea la intención de aquel ?. Cuando un padre alaba escenas de sexo implícito en programas de TV que comparte con sus hijas, ¿no despierta el interés en ellas de comportarse como las mujeres que su padre admira por TV y de avanzar aún más para lograr de ese modo la admiración o la atención de su padre ?. Cuando un padre usa al sexo como forma de dominación sobre otra persona o manifiesta un comportamiento violento ante un objeto de su deseo sexual (la expresión típica de “romperle el c..”) ¿no induce al joven a asociar la violencia y hasta posesión violenta de su objeto de deseo sexual?
Las faltas de acatamiento a las normas de convivencia, desconocimiento de las autoridades y los incumplimientos de obligaciones, también hacen que nos preguntemos si esas conductas no reflejan la educación recibida en los hogares de los jóvenes. Sería interesante ver como es la relación de estos jóvenes con sus padres y sobre todo, como es la relación de estos padres con los suyos. ¿Puede un joven que ve a su padre denigrar a su abuelo, respetarlo? Si un joven ve en su hogar el abandono de sus abuelos (no hablemos de aquellos que por razones de enfermedad requieren algún tipo de atención que se da en algunas instituciones), ¿no es posible que asocie la pérdida de autoridad del padre del padre a que de su propio padre? Si en una casa no se cumplen normas de conducta básicas ¿es posible que en el colegio se acate esas mismas normas? Si la autoridad de un padre o madre se reemplaza por “compañerismo”, “amigismo” o “compincherismo” ¿puede ejercerse en ese joven otra autoridad como la de un docente? Si un padre se refiere en forma despectiva respecto al docente de sus hijos ya sea por su posición económica o por su nivel de instrucción relativo ¿puede este joven reconocerle al docente la autoridad que tiene frente a un curso? Si los padres cometen trasgresiones cotidianas a las normas (pasar semáforos en rojo, llevarse algo escondido de un supermercado, o cambiarle el precio a un producto o muchas transgresiones que realizan cotidianamente a la vista de sus hijos) ¿pueden considerar los jóvenes que cometer trasgresiones está mal? Si un padre comenta una “avivada” con la que obtuvo algún beneficio y se vanagloria de ello ¿Qué respeto por una convivencia bajo un conjunto de normas le enseña a sus hijos?
La violencia es quizás la peor de todas las manifestaciones de la conducta de los jóvenes, ya que suele llevar a situaciones trágicas. Creo que se puede distinguir la violencia contra los más débiles (abuso), la violencia como forma de conducta (peleas) y las reacciones fuera de todo contexto (casos de ataques con armas en forma indiscriminada). En este caso la violencia en los hogares suele tener características cotidianas. No es raro que se alabe el solucionar los problemas por medios violentos (“si no te respetan los agarras a las piñas”) ¿puede un joven que crece en ese contexto buscar soluciones a sus problemas en formas no agresivas? Si la conducta de los mayores a los menores es violenta (golpes, gritos, castigos corporales, etc.) ¿puede un joven relacionarse con otros mas débiles de manera no agresiva? Si un joven recibe permanentemente mensajes de sus padres y mayores sobre respuestas violentas a la violencia (“Si me toca, lo mato”, “para esos paredón”, “si eso me paso a mí agarro un revolver y lo mato”, etc.) ¿puede ese joven, victima de violencia, reaccionar de la manera apropiada?
Como ven cada conducta presenta preguntas que pueden contribuir a buscar causas de esas conductas que nos muestran los medios, con un afán más alarmista o amarillista que reflexivo, buscando más, el impacto de la noticia que poner una señal de alarma en una sociedad que tiene que empezar a pensar en su propia conducta como causa de muchos de los males que nos aquejan. Porque en definitiva somos los actores de estos dramas, son nuestros hijos, quienes tienen casa, cama, comida, salud y educación, y un montón de cosas más. Esos mismos chicos que tienen conductas sexuales de riesgo para ellos mismos, que no acatan las normas por las que todos nos regimos y que se manifiestan en formas más violentas. No son chicos carenciados, ni excluidos, ni parte de algún extraño clan urbano, son nuestros hijos y nos están mostrando con sus conductas que algo les pasa, y que en eso que les pasa, nosotros no somos ajenos.
Debemos escuchar a nuestros hijos y ver como influyen en ellos nuestras conductas, no decirles que tienen que hacer, sino escucharlos y ver como los influimos. Es curioso que esa frase la haya oído de labios de Marilyn Manson, cuando fue entrevistado por Michael Moore en su film “Bowling for Columbine”. Moore le preguntó que les hubiera dicho a los chicos autores de la masacre de Columbine y Manson le respondió que no les hubiera dicho nada, los hubiera escuchado que era lo que evidentemente nadie había hecho. No esperemos la próxima masacre entre adolescentes, preguntémosle hoy, todavía estamos a tiempo.
Otra de Michael Moore
No sé lo que me pasa pero cada vez que veo a un blanco caminando hacia mí, me pongo tenso. Mi corazón empieza a latir más rápido e inmediatamente empiezo a buscar una vía de escape y medios para defenderme. Me critico a mí mismo incluso por estar en esta parte de la ciudad por la noche. ¿Es que no vi esos grupos sospechosos de blancos en cada esquina, bebiendo Starbucks y vistiendo los colores de sus respectivas bandas, sea el turquesa de Gap o el burdeos de J Crew? ¡Qué idiota soy! Ahora el blanco está cada vez más cerca, más cerca y entonces, ufff, pasa de largo sin hacerme daño y respiro aliviado.
La gente blanca me da un miedo que te cagas. Puede ser difícil de entender, teniendo en cuenta que soy blanco pero, claro, mi color me da cierta perspectiva. Por ejemplo, encuentro que doy bastante miedo muchas veces, así que sé de qué estoy hablando. Créeme: si te encuentras rodeado de blancos de golpe, vete con cuidado. Puede ocurrir cualquier cosa. Como blancos, se nos ha hecho creer que es seguro estar junto a otros blancos. Se nos ha enseñado desde la cuna que es la gente de otro color a la que debemos temer. ¡Son los que te cortarán el cuello!
Sin embargo, cuando examino mi vida, veo emerger un patrón extraño pero inconfundible. Cualquier persona que me ha hecho daño en toda mi vida, el jefe que me despidió, el profesor que me cateó, el director de la escuela que me castigó, el chico que me dio en un ojo con una piedra, el ejecutivo que decidió no renovar TV Nation [N. Del T. programa de televisión de gran éxito que dirigía y presentaba Michael Moore], el tipo que estuvo persiguiéndome durante tres años, el contable que pagó mis impuestos dos veces, el borracho que me embistió con su coche, el ladrón que me robó la cadena de alta fidelidad, el contratista que me estafó, la novia que me dejó, la siguiente novia que me dejó aún más rápido, la persona de la oficina que me robaba cheques de mi talonario y los rellenaba con su propio nombre hasta un total de $16.000, cada uno de estos individuos era blanco. ¿Coincidencia? No lo creo.
Nunca me ha atacado un negro, nunca me ha echado de mi casa un negro, nunca me ha estafado mi depósito del alquiler un casero negro, nunca he tenido un casero negro, nunca he tenido una reunión en un estudio de Hollywood con un ejecutivo negro al mando, nunca una persona negra le ha negado a mi hija poder escoger la universidad que quería, nunca me ha vomitado encima un chico negro en un concierto de Motley Crue, nunca me ha parado un policía negro, nunca un vendedor de coches negro me ha vendido un trasto, nunca he visto un vendedor de coches negro, nunca me ha negado un crédito un negro, y nunca he oído decir a un negro “Vamos a eliminar 10.000 puestos de trabajo aquí, tengan un buen día”!
No creo que sea el único blanco que pueda hacer estas afirmaciones. Cada palabra dura, cada acto cruel, cada momento de dolor y sufrimiento en mi vida han tenido una cara caucasiana pegada. Así que, ummm, ¿por qué era exactamente que tenía que temer a los negros?
Pego una mirada al mundo en que vivimos y, no me gusta ser un chivato, pero no son los afro-americanos los que han hecho de este planeta un lugar tan lamentable y peligroso. Recientemente un titular en la sección de Ciencia del The New York Times preguntaba ¿Quién construyó la bomba H? El artículo continuaba con la discusión de la disputa entre los hombres que proclamaban el mérito de hacer la primera bomba. Francamente, no podía importarme menos, porque ya sabía la respuesta pertinente: ¡Fue un hombre blanco! Ningún negro ha construido o usado jamás una bomba diseñada para exterminar vastas cantidades de gente inocente, sea en Oklahoma City, en Columbine o en Hiroshima. No, amigos, siempre son los blancos. Hagamos un repaso:
¿Quién nos trajo la peste negra? Un hombre blanco.
¿Quién inventó el PBC, el PVC, el PBB y tantos otros productos químicos que nos están matando? Hombres blancos.
¿Quién empezó cada guerra en la que han participado los EE.UU.? Hombres blancos.
¿Quién inventó la papeleta electoral con tarjeta perforada? Un hombre blanco [N. Del T. referencia al fraude electoral en Florida en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas]
¿De quién fue la idea de contaminar el mundo con el motor de combustión interna? Del blanquito, ese fue.
¿El Holocausto? Ese tío sí que dio mala fama a los blancos.
¿El genocidio de los americanos nativos? El hombre blanco
¿La esclavitud? ¡Blanquitos!
Las empresas estadounidenses echaron a 700.000 personas en el 2001. ¿Quién ordenó los despidos? Los directivos blancos.
Mencionad cualquier problema, enfermedad, sufrimiento humano o la miseria abyecta que sufren millones y os apuesto 10 pavos a que puedo ponerle una cara blanca más rápido que vosotros podéis nombrar los miembros de ‘NSync [N. Del T. grupo rapero negro]. Y sin embargo, cuando pongo las noticias cada noche, ¿qué es lo que veo una y otra vez? A negros supuestamente matando, violando, robando, acuchillando, en bandas, destrozando cosas, protagonizando disturbios, vendiendo drogas, haciendo de chulos, prostituyéndose, teniendo demasiados niños, sin padres, sin madres, sin Dios, sin dinero. “El sospechoso ha sido descrito como un hombre negro…el sospechoso ha sido descrito como un hombre negro…EL SOSPECHOSO HA SIDO DESCRITO COMO UN HOMBRE NEGRO…”. No importa en qué ciudad esté, la noticia siempre es la misma, el sospechoso siempre el mismo hombre negro no identificado. Hoy estoy en Atlanta y os juro que el retrato-robot de la policía del sospechoso negro en la tele parece exactamente el mismo que vi en las noticias anoche en Denver y la noche anterior en Los Angeles. ¡En todos los retratos frunce el ceño, en todos es amenazador, en todos lleva el mismo gorro de punto! ¿Es posible que el mismo hombre negro esté cometiendo todos los crímenes de América?
Creo que nos hemos acostumbrado tanto a esta imagen del hombre negro como depredador que este lavado de cerebro nos ha arruinado para siempre. En mi primera película, Roger & Me [Roger y yo], una mujer blanca que cobraba de la beneficiencia mataba a un conejo a golpes para venderlo como “carne” en vez de como animal de compañía. Me gustaría tener un penique por cada vez que alguien, en estos diez años pasados, venía y me decía lo “horripilante” que había sido ver a ese “pobre conejito” golpeado en la cabeza. La escena, me decían, les ponía físicamente malos. La Asociación de Cinema Estadounidense le dio a Roger & Me la calificación de “Para mayores de 18 años” en respuesta a la muerte de ese conejo. Me escribían profesores para decirme que tenían que editar esa parte y sacarla de la película si querían mostrarla a sus alumnos.
Pero menos de dos minutos después de que la mujer del conejo realizara su hazaña, venía una escena, real, en que la policía de Flint, Michigan, mataba a un hombre negro que llevaba una capa de Superman y tenía en la mano una pistola de juguete. Nunca, ni una sola vez, me ha dicho nadie: “No puedo creer que mostraras cómo disparaban a un hombre negro en tu película! ¡Qué horrible! ¡Qué desagradable! No pude dormir durante semanas”. Al fin y al cabo, sólo era un negro, no un conejito taaan bonito. El consejo de calificación no vio absolutamente nada malo en esa escena. ¿Por qué? Porque es normal, natural. Nos hemos acostumbrado tanto a ver matar a negros (en las películas y en las noticias) que lo aceptamos como procedimiento normal. ¡Ya ves! Eso es lo que hacen los negros, matar y morir. Vaya. Pásame la mantequilla.
Es extraño que, a pesar del hecho que la mayoría de los crímenes los cometen los blancos, siempre asociamos caras negras a lo que pensamos como “crimen”. Pregunta a cualquier blanco quién temen que pueda entrar en su casa o hacerles daño en la calle y, si son honestos, admitirán que la persona que tienen en mente no se parece mucho a ellos. El criminal imaginario en su coco se parece a Mookie o Hakim o Kareem, no al pecoso Jimmy.
No importa cuántas veces sus congéneres blancos dejen claro que es el hombre blanco al que hay que temer, simplemente no acaba de penetrar en la conciencia. Cada vez que sale en la tele una noticia de otro tiroteo en una escuela, siempre es un chico blanco el que está haciendo la masacre. Cada vez que pillan a un asesino en serie, es un demente blanco. Cada vez que un terrorista pone una bomba en un edificio federal, o que un loco hace que 400 personas beban Kool-Aid [N. Del T. marca de refrescos norteamericana, que ofrece mil y un sabores diferentes], o que un letrista de los Beach Boys hace una arenga para que media docena de imberbes asesinen a “todos los cerdos” de Hollywood Hills, sabes que es un miembro de la raza blanca con sus viejos trucos.
Entonces, ¿por qué no huimos corriendo despavoridos cuando vemos a un blanco que se acerca? ¿Por qué no recibimos al candidato blanco que se presenta a un puesto de trabajo con “Vaya, mmm, lo siento, no hay ningún trabajo ahora mismo.”? ¿Por qué no nos preocupa que nuestras hijas se casen con blancos? ¿Y por qué el Congreso no intenta prohibir las letras peligrosas y ofensivas de Johnny Cash (“Maté a un hombre en Reno/sólo para verlo morir), las Dixie Chicks (“Earl tenía que morir), o Bruce Springsteen (“Maté todo lo que se cruzó en mi camino/no puedo decir que me arrepienta de lo que he hecho)
¿Por qué ese interés en las letras de los raps? ¿Por qué los medios no sacan letras tales como las siguientes, y cuentan la verdad? “Vendí botellas de pena, luego escogí los poemas y novelas” (Wu-Tang Clan), “Gente, usad vuestros cerebros para ganar” (Ice Cube), “Una madre soltera viviendo de la beneficiencia…dime cómo lo hiciste” (Tupac Shakur), “Intento cambiar mi vida, lo ves, no quiero morir siendo un pecador” (Master P).
Los afro-americanos han estado en el peldaño más bajo de la escala económica desde el día en que los arrastraron aquí encadenados. Cualquier otro grupo inmigrante ha podido avanzar desde el fondo hasta niveles más altos de la sociedad. Incluso los americanos nativos, que están entre los más pobres de los pobres, tienen menos hijos viviendo en la pobreza que los afro-americanos.
Probablemente pensaras que las cosas habían mejorado para los negros en este país. Al fin y al cabo, teniendo en cuenta los avances que hemos hecho en eliminar el racismo en nuestra sociedad, uno pensaría que los ciudadanos negros habrían visto aumentar su nivel de vida. Una encuesta publicada en el Washington Post en julio de 2001 mostraba que entre el 40 y el 60% de la gente blanca pensaba que la persona negra media lo tenía igual o mejor que la persona blanca media.
Piénsalo mejor. Según un estudio de los economistas Richard Vedder, Lowell Gallaway y David C. Clingaman, los ingresos medios anuales de un norteamericano negro son 61% menores que los del blanco. Es la misma diferencia porcentual que en 1880. No ha cambiado absolutamente nada en más de 120 años.
¿Quieres más pruebas? Piensa en lo siguiente: – Los pacientes negros que sufren ataques al corazón tienen muchas menos posibilidades que los blancos de que les pongan un catéter cardíaco, independientemente de la raza de sus médicos. – Los blancos tienen cinco veces más posibilidades de recibir tratamiento anti-coagulante de emergencia después de sufrir un infarto – Las mujeres negras tienen cuatro veces más posibilidades de morir durante el parto que las blancas – Los niveles de desempleo negros han sido más o menos el doble que el de los blancos desde 1954.
Entonces, ¿cómo hemos podido los blancos salirnos con la nuestra ? ¡La ingenuidad caucásica! Resulta que éramos muy tontos. Llevábamos el racismo abiertamente, como idiotas. Hacíamos cosas realmente obvias como poner señales en los servicios que decían SOLO BLANCOS. Hacíamos que los negros se sentaran al fondo del autocar. Les prohibíamos ir a nuestras escuelas o vivir en nuestros barrios. Tenían los peores trabajos (anunciados como SOLO NEGROS) y dejábamos claro que, si no eras blanco, te íbamos a pagar un salario menor.
Bueno, esta segregación abierta, exagerada, nos metió en muchos problemas. Un grupo de abogados engreídos fue a los juzgados. Remarcaron que la decimocuarta enmienda no permitía tratar a nadie de forma diferente por su raza.
Al cabo del tiempo, después de una larga procesión de fracasos judiciales, manifestaciones y disturbios, captamos el mensaje: si queréis ser racistas con éxito, mejor encontrad una forma de hacerlo con una sonrisa en la boca. Incluso nos sentimos tan magnánimos como para decir “Claro que podéis vivir en nuestros barrios, que vuestros hijos pueden ir a nuestras escuelas. ¿Por qué no, demonios? Al fin y al cabo, ya nos íbamos”. Sonreímos, les dimos una palmadita en la espalda y corrimos a refugiarnos en los suburbios.
En el trabajo aún tenemos los mejores trabajos, el doble de sueldo y un asiento delante del todo en el autobús hacia la felicidad y el éxito. Hemos hecho trampa en el sistema desde que nacimos, garantizando que los negros fueran a las peores escuelas, previniendo así que fueran a las mejores universidades, y preparándoles el terreno para realizarse sirviéndonos el café con leche, arreglando nuestros BMWs y recogiendo nuestra basura. Oh, sí, algunos se cuelan, pero pagan una tarifa extra por el privilegio: el médico negro que lleva un BMW es detenido continuamente por la policía; la actriz negra de Broadway no puede encontrar un taxi después de la estruendosa ovación; el analista financiero negro es el primero en ser despedido a causa de la “antigüedad”.
Nosotros los blancos merecemos algún tipo de premio al genio por esto. Nos enrollamos con el rollo de la inclusión, celebramos el aniversario del Doctor King, nos molestan las bromas racistas. No olvidamos nunca mencionar a “mi amigo -que es negro-…”. Nos aseguramos de poner a nuestro único empleado negro bien visible en la recepción para poder decir “Lo veis, nosotros no discriminamos, contratamos a gente de color”.
Sí, somos una raza ingeniosa, astuta, ¡y vaya si no nos ha ido bien! Me pregunto cuánto tiempo tendremos que vivir con el legado de la esclavitud. Sí, correcto, he sacado el tema. ESCLAVITUD. Casi puedes oír los lamentos de la América blanca cuando sacas el tema de que aún sufrimos el impacto del sistema de esclavitud. Bueno, lo siento, pero las raíces de la mayoría de nuestros males sociales se pueden buscar directamente en este capítulo enfermizo de nuestra historia. Los afro-americanos nunca tuvieron la oportunidad de tener las mismas oportunidades que el resto de nosotros. Sus familias fueron destruidas con toda intención, se les extirpó su lenguaje, su cultura y su religión. Se institucionalizó su pobreza para que recogieran nuestro algodón, para que lucharan nuestras guerras, para que nuestras tiendas permanecieran abiertas toda la noche. EE.UU. tal como lo conocemos no habría llegado a ser nunca lo que es si no fuera por los millones de esclavos que la construyeron y que crearon su vibrante economía, y por los millones de sus descendientes que siguen haciendo el mismo trabajo sucio para los blancos hoy en día.
No es que estemos hablando de la antigua Roma. Mi abuelo nació justo tres años después de la Guerra Civil. Sí, mi abuelo. Mi tío-abuelo nació antes de la guerra civil. Y yo sólo tengo cuarenta y pico. Claro, parece que la gente en mi familia se casa tarde, pero el hecho permanece: sólo estoy a dos generaciones de la época de la esclavitud. Eso, amigos míos, no es “hace mucho tiempo”. En el vasto espacio de tiempo de la historia humana, fue ayer mismo. Hasta que nos demos cuenta de esto, y aceptemos que hoy tenemos la responsabilidad de corregir un acto inmoral que aún tiene repercusiones hoy en día, nunca eliminaremos la mancha más grande en el alma de nuestra nación.
Díálogo entre Cooke y Salamanca
-”Mirá, Gordo”, dijo Salamanca, “el problema es éste: los obreros son peronistas, pero el peronismo no es obrero”.
Un día en el centro porteño
Pero inevitablemente (ya que como todos sabemos, Dios atiende en Buenos Aires), todos tenemos que pasar algunos pocos días realizando trámites en la Capital Federal. Las personas del interior, tenemos una visión de la ciudad capital, que va desde la admiración por el descubrimiento de lo fastuoso, lo nuevo, lo cosmopolita y lo diferente hasta, en lo personal, el fastidio por los hacinamientos, la exposición de lo vulgar, la indiferencia por lo cotidiano, la exacerbación del individualismo y la impúdica exhibición de la miseria.
Los del interior tenemos otros ritmos, dados por la proximidad de lo cotidiano, el conocimiento de nuestro entorno y de nuestros convecinos, por ello tenemos un visión que puede ser distinta de la vida cotidiana porteña, como dije antes puede ser una visión de asombro o crítica, como es mi caso, y que quiero compartir a través de la descripción de un día en el centro porteño.
A eso de las 7, la mayoría de los del interior salimos a trabajar, pero el porteño, que debe viajar entre 1 y 2 horas hasta su trabajo, recién se baña, desayuna y sale para el trabajo, mientras en el centro, porteros y empleados limpian veredas, empiezan a abrir los bares y se siente ese olor a particular de medias lunas y café con leche, algunos empleados circulan apurados para cumplir algún extraño horario o cambiar turnos, los que pasan la noche a la intemperie, van saliendo de impensables refugios nocturnos, mientras se desperezan y miran con ojos vacíos la mañana que comienza a su alrededor.
Las 8,30 de la mañana marca el ingreso de los primeros empleados a sus puestos de trabajo o la llegada a “su bar” para desayunar, las bocas de los subtes y trenes, y las paradas de los colectivos desbordan de personas apuradas, enfundadas en sus propios pensamientos, aisladas por medio de algún libro y los infaltables auriculares. Las calles del centro porteño parecen a esa hora una foto extraída de un documental del Discovery Channel sobre bandadas de pájaros, ocupando todo el espacio de la placa, pero aquí la escena es en el centro porteño y miles de personas hacen las veces de aves en migración.
Sobre las 10 cambia la fisonomía de quienes deambulan en el centro, se ven: turistas tempraneros, empleados autónomos que circulan para cumplir trámites y reuniones, comienzan a circular gente haciendo compras y los taxis dominan el espacio de las calles del centro porteño.
Se ven dueños de comercios, tomarse un café en “su bar”, ese lugar que elige una gran mayoría de porteños para tener un lugar que pueda considerar propio, donde su “seguridad” radica en conocer al dueño, a los empleados y otros contertulios, este lugar es una extensión de su casa y su trabajo, es “su lugar”, donde se toma pausas, come, se reúne y festeja.
También a esa hora aparecen en el centro quienes ejercen una diaria mendicidad, ocupando espacios que son ignorados por la mayoría de quienes transitan por su lado, inmersos en sus pensamientos, en su música o en alguna imagen interior. Es curioso ver a quienes forman parte de esta postal negra porteña, se puede apreciar algunos que exhiben gestos y actitudes de quien ejerce un viejo oficio, modulan una voz aguda, miran fijo a los ojos, con una mirada desafiante, buscando en el alma de quien lo mire, ese sentimiento de culpa que pueda expiarse al precio de una limosna. Otros tienen una mirada cargada de vergüenza, producto de la miseria que exhiben. La mayoría de la gente del interior mira a los ojos, el porteño no, rehuye la mirada cargada de reproche o de súplica, esto según creo, forma parte del callo que se produce en el alma de las personas que son expuestas diariamente a las mas crueles muestras de miseria.
A partir de las 12 comienza la ocupación de los lugares de comida, cualquier lugar es bueno para una comida rápida, los restaurantes ofrecen menús baratos y rápidos, lo mismo que bares y hasta los maxi-kioscos, que disponen de viandas al paso, son consumidas en la vereda o en parques y plazas.
Después de las 14 y hasta las 17, el centro entra en un letargo interrumpido por tardíos viandantes, empleados apurados a realizar el último trámite del día, más turistas y más gente de compras. El sol de la tarde anima a los chicos que acompañan a los mendigantes a jugar, sus miradas duelen, tienen la fuerza de un grito que nos sacude la conciencia con una pregunta: ¿Por qué?
Las 18 marca la salida de la mayoría de los empleados y la concurrencia a un segundo trabajo, a estudiar, a un gimnasio, a un lugar de esparcimiento o a alguna cita. La conducta autista se interrumpe en los bares de jóvenes empleados que siguen la moda del “happy hour”, y se lanzan al encuentro de amigos o a la búsqueda de otra soledad para compartir una noche. Aparecen artistas callejeros vendedores de baratijas que compiten por la atención de algún turista o la moneda de algún aburrido transeúnte (entre los que suelo incluirme). Los turistas marcan siempre la nota de color, ya que resaltan de entre la muchedumbre y se hacen evidentes, hasta para nosotros “los pajueranos del interior”
Después de las 23 el centro muestra su cara mas amarga con gente preparándose para pasar otra noche a la intemperie, artistas callejeros desgarrando sus últimos intentos por conseguir alguna moneda mas, gente hurgando entre desechos de los restaurantes en la búsqueda de su comida diaria, prostitutas que deambulan para atraer ese cliente que le permita pagar su “permiso de trabajo”, la droga que la aísle de su realidad o la comida de sus hijos, los yuppies siguen en la búsqueda de compañía para su soledad y yo me vuelvo al hotel pensando que con suerte mañana me vuelvo a casa.






