
La escena es más o menos así: Los vecinos de un barrio cualquiera de la ciudad de Buenos Aires o el conurbano están reunidos en la esquina porque alguien llamó a los medios y anduvo avisando que tipo 18.00, 18.30 vendrán algunos móviles. Se van juntando de a poco y distribuyendo en grupitos donde, naturalmente, se habla de la inseguridad y se comentan detalles del hecho sangriento acontecido en la otra cuadra.
Llega el primer móvil y causa ese “no se que”, ese cambio de rictus que sufre la gente cuando llega un móvil de un medio. (Porque en los tiempos que corren la combi con el logo de un canal es lo más cercano que hay a la fama, a la justicia y a la gloria. El móvil en mi cuadra la engalana. Mi cuadra ya no será la misma después de que un puñado de móviles estuvo acá y yo tampoco seré el mismo, máxime luego de haberle comprado ese agüita al periodista que me guiñó el ojo y me hizo una seña como diciendo “Quedate acá cerca que arranco con vos”)
Llegó el primer móvil pero todo sigue más o menos tranqui. Es de un canal de cable. Pero cuando llegan las combis de Telefé o de Canal 13/TN te quiero ver…
Los rostros comienzan a transformarse y cuando minutos después los técnicos le dan la orden al movilero para que empuñe el micrófono y se ponga en posición de disparo, cuando la potentísima luz blanca ilumina al enviado especial, en ese mismo instante ya no queda nada de aquellos vecinos que una hora antes compartían amablemente su preocupación por el actual estado de cosas. Ahora están todos brotados, crispados, con esos ojos desorbitados que exige la tele para apiadarse de uno. Si los ojos están normales y denotan cierta paz, no sirven, no son ojos de TV. Lo mismo que con las comisuras de la boca: si no están levemente torcidas para abajo, esa cara no es televisable.
No reúne los requisitos básicos, no califica…
Ahí están los vecinos, arremolinándose y pisoteándose para salir en la tele y disfrutar de sus 12, a lo sumo 15 segundos de fama (porque los 30 sólo los da Marcelo) ¿Al fin y al cabo no estamos para eso? ¿Qué logro supera el haber estado en la tele para la buena gente?
Qué vale más que esos segundos en la tele?
Qué vale más que ese llamado del cuñado de Neuquén que llegará después de la cena, o esa señora que mañana me mirará con cara de “¿Este tipo no es que salió ayer con Biasatti?”
Los medios nos hacen creer que suministran justicia, además de fama, entonces los vecinos pugnan por salir en la tele porque cándidamente creen que ahí conseguirán lo que les niega el Estado. En esa misma tele donde uno entre millones gana cinco lucas con Susana una vez por semana, otros sienten que han hecho algo por la sociedad cuando tan sólo han sido extras de un show reaccionario y pueril que vive cual vampiro moderno de ellos.
La misma tele que los hace gastar fortunas en mensajitos, la misma tele que los hace endeudarse con la tarjeta para comprar plasmas de setecientas pulgadas, la misma tele que les hace comer chatarra en 12 cuotas y luego les ordena clavarse un actimel para cagar mejor; la misma tele que administra sus magros salarios ahora les vende un humo de justicia que dura menos que un paco.
Los pastores electrónicos le han acercado a Dios a sus fieles, por eso su potencia creciente, porque le hacen creer al desesperado que en esos shows del sábado a la nochecita Dios está más a mano que en la Iglesia ceremoniosa y aburrida de los curas católicos.
La tele hace lo mismo con la justicia. La tele acerca la justicia a las almas desesperadas por eso los vecinos se arremolinan en torno al movilero, porque creen honestamente que ese acto provee justicia…
¿Al fin y al cabo no se trata de meras abstracciones?
La pobre gente cree que llamando a los medios le acota el margen de acción al delito y está bien que crea eso. Bah, no está bien. Quiero decir que a la postre cada uno se agarra de lo que tiene a mano para sobrellevar el sacudón que genera la muerte cuando pasa cerca.
Lo dice alguien que vive muy cerca de un paso a nivel y huele a menudo el aroma de la muerte, lo dice alguien que experimenta la sensación horrenda de pasar a metros de esos manchones de cal y arena con que los empleados de TBA y los bomberos tapan las manchas de sangre que han quedado sobre las vías, lo dice alguien que ha escuchado el tronar de la bocina desesperada y ha sentido el chirriar frenético de la mole tratando de frenar lo infrenable…
Lo dice alguien que ha escuchado el ruido sordo, apagado, del impacto del convoy contra un cuerpo humano…
Si eso me pasa a mí, que convivo con una muerte si se quiere más honesta, no tan delictual, no quiero imaginarme lo que genera la muerte armada, la muerte desatada por pendejos que matan sin ton ni son, total, esta noche o mañana serán ellos los que mueran. Lo saben, bien que lo saben y por eso, entre pacos y otras yerbas, no le hacen asco al gatillo, total…total mañana es nunca, mañana es quien sabe. Total que no tienen mañana, loco.
Por eso la gente cree que en ese móvil de un canal viene Dios, Ceferino Namuncurá, Evita y el Llanero Solitario con Toro y Plata
¿Y qué querés que hagan?
La gente no puede hacer otra cosa, pero sí los medios. Sí los dirigentes políticos. Y lo que habría que hacer sería, antes que nada, un pacto, un gran acuerdo de que con la muerte no se jode ni se juega ni se hace campaña. Mientras ese pacto no se concrete y mientras los que saben cómo viene la mano se hagan los giles y los que informan lucren con el pánico popular, no hacemos más que arrimarnos al pantano.
Es muy fulero saber que todo es una gran mentira. Es horrible saber que lo único que espanta al delito es el trabajo y la dignidad. Y es peor aún tener que morderse en la panadería porque si decís esto te miran como a un boludo.
Es horrible sentir que esos pibitos de 8 años que usan la escalera mecánica del subte como tobogán, dentro de cuatro o cinco años, si sobreviven a su entorno y a la policía, cuando puedan sostener un arma, saldrán a cagar a tiros a esa misma sociedad que vieron pasar indiferente delante de sus narices desde el mismo día en que tuvieron uso de razón.
No hay Estado de Sitio que valga ni patrullas vecinales que puedan lograr un solo triunfo ante la muerte porque una sola víctima en un conglomerado urbano de 15 millones de habitantes, una sola muerte, injusta, al pedo y al voleo que encima sea amplificada con un machaqueo mediático irresponsable y perverso bastará para poner todo patas para arriba.
Mientras tanto, mientras el trabajo no llegue y la dignidad no pase cerca, solo resta esperar el nuevo cadáver y que los vecinos se arremolinen cada vez más cerca de las comisarías y que vuelvan a llegar los móviles de la tele y que de Narváez aparezca con esa cara actuada, preparada, moldeada por expertos en imagen a decir que se está llegando al límite…
Y puede que su victoria llegue un día y mágicamente la seguridad “se haga” en un lapso de tiempo en el que todos estaremos felices imaginando ilusoriamente al delito en retirada…
Hasta que las pujas intestinas de la bonaerense arrojen un par de cadáveres inocentes y suburbanos y algún canal vuelva a mandar un móvil a las 18.00/18.30 y los vecinos vuelvan a aferrarse a ese movilero como si fuera el Papa y la tele reincida en traficar justicia en formato de 22 a 29 pulgadas.
Y la muerte, socarrona, turra y lasciva se dé el lujo hasta de plagiar al gordo susurrando:
“Alguien dijo que yo me fui de mi barrio
Pero cuando, si siempre estoy llegando”
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